En su 72 aniversario pidió un deseo: quería ser madre. A los nueve meses tuvieron que extirparle la vesícula y los médicos se la dieron en un frasco. Ella en su casa le puso el nombre de Esther y le acomodó una habitación. Diariamente la acunaba, le hacía mimos y le contaba cuentos, pero no crecía. Se dirigió al pediatra para consultarlo y de allí la llevaron ante un psiquiatra. A la pregunta decisiva para ser internada confesó que era consciente de la farsa, todo había sido fruto de sus ansias por tener una hija y la dejaron marchar.
Ya en su casa, dirigiéndose al apéndice dijo: “Te pido perdón, siempre supe que eras niño, a partir de ahora te llamaré Antonio y te vestiré de azul.

