Me llevaron mis padres a una casa desconocida, después supe que era la de un hermano de mi padre. Allí estaba un cuarto atiborrado de flores y en medio un ataúd. Dentro del cajón, que lo vi enorme, estaba un señor que nunca había visto. Mi padre me levantó con sus brazos.
-Éste es tu abuelo. -me dijo.
De tez blanca, nariz prominente. Supe que había salido de Líbano, llegó a Nueva York, de allí tomó otro barco y arribó al puerto de Tampico. Por tierra llegó a la ciudad de Monterrey, en tren se embarcó hacia la ciudad de México. Sus compatriotas le dieron mercancías y le orientaron a que se fuera a una ruta. Vendiendo telas iba de pueblo en pueblo hasta que se acercó a uno donde conocería a mi abuela paterna. Mi abuelo no sabía una letra de español, hoy en mi vejez, medito las dificultades que pasó para poder subsistir en una tierra extraña, con idioma y costumbres diferentes y lo peor con un pueblo próximo a una guerra civil como lo fue la Revolución Mexicana.
El amor no conoce idioma.


A veces pensamos en la historia sólo como Historia y nos olvidamos que la mayor está compuesta por todas estas historias «pequeñas», a veces más ricas que cualquier otra.
Abrazo.
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La historia de los hombres que un día decidieron ser otra historia. Gracias por llegar mi buen amigo. Abrazo grande
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