Jugué con canicas, trompo, balero y carritos de madera. Me gustaba caminar bajo la lluvia y brincar sobre los charcos. Mirar a las mariposas que iban y venían revoloteando. Otras amarillas marchaban como soldaditos sobre las flores que se abrían después del aguacero. Lo mejor, lo daba mamá, besos y abrazos sin ton ni son; café con leche por la mañana con pedacitos de harina que cocía en la estufa de petróleo. Ella me decía que eran gatitos y me abrazaba a sus piernas.

