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Vivió guarecida de la danza, de la gracia, la flauta. No admiró el verde de los helechos, ni los cielos de cobre y magenta. En el tórax tenía un corazón indiferente y jamás tuvo trópicos en la periferia del ombligo. Estaba sobre la mesa, envuelta en una sábana que tenía más vida que ella en vida.