Archivos por mes: mayo 2015
Escribiré
Soy Susano Zabaleta y conozco al escritor. Somos amigos, pero si él dice que es blanco, yo, que negro. Cuando el enojo sube, le paramos, dando fin a la cuestión . Cambiamos de tema y decimos salud.
Un día dijo que no tomaría porque pretendía escribir como los ángeles. Por semanas no tuvimos ninguna charla, pero ese día, pareciera que el infierno había cambiado de domicilio, y fui a su departamento. Abrí la puerta sabiendo que allí estaba. Lo encontré escribiendo no sé qué cosas en su computadora y mirando diccionarios. No se inmutó.
—Espérame, no te vayas, termino y te atiendo, quiero enseñarte algo.
Con esa dichosa frase, me tuvo más de media hora.
—Ya termino, ya termino. —repetía. Estuve a punto de mandarlo a la chingada, cuando me dijo
—¿Sabes, Susano, que no tardaré en escribir como los ángeles? Tademus dice que los ángeles tienen piel; y en la espalda, las plumas que forman las alas.
Se desnudó. Dándome la espalda dijo:
—¡Mira! Ya me están saliendo las alas.
Yo, por más que miraba, no veía más que piel y espinillas.
—¿Cuáles alas? —pregunté.
—¡No seas ignorante! Sólo tienes que fijarte en los plumíferos: la piel enrojece y poco a poco, hacen erupción. Primero brotan las puntas de los caños que se enramaran de plumas. ¡Fíjate bien! ¡Acércate más! —dijo furioso.
Sólo encontré puntos rojizos.
—¡Tócame!
Toqué. Sentí pequeños nódulos y, sí, estaban enrojecidos.
—¡Es el principio de mis plumas! Dentro de poco, escribiré como los ángeles.
Versitos seis y siete
En la montaña
junté mis poesías
y prendí fuego.
Nada quedó del río,
ni del rubí,
ni la flor de tus hombros.
Eres recuerdo,
como también lo soy.
De la montaña
descendí encanecido,
pero dispuesto
a sentir el asombro
del vuelo de las garzas.
7-
Leve sonido
es al romper un tallo,
a nadie ofende,
sucede en los caminos.
En mi interior
también tengo talluelos
que se fracturan:
un amigo que engaña
o un hijo que nos miente.
Sueño
Anoche soñé. Tenía en mis brazos un bebé de meses, lo trataba como a una cosa. No le daba de comer. Estábamos en un cuarto de hotel y esperaba a su madre para entregárselo. Como no llegaba, lo dejé sobre un montículo de ropa fuera del hotel, creyendo que anduviera por donde anduviera se percataría de su hijo.
Volví al cuarto y ya casi al llegar, me llegó el presentimiento de que la madre tal vez no lo viese, y regresé. Frenético corría para rescatarlo. Al encontrarlo sano y salvo, sentí como si se hubiese abierto el día después de meses de no ver al sol; y a trote, corrí con él buscándole agua y alimento.
Tenía la preocupación legítima de que el bebé me necesitaba, y yo sonreía con él y apretándolo en mis brazos, corría bajando por caminos de lodo, después escalones. Buscaba en aquel pueblo un puesto donde comprar agua y leche. Cuando vi al bebé comer, sentí que estaba bien, fue un momento de gloria y luz para mi interior y lo acerqué a mi cuello, dándole golpes suaves sobre su espalda y apretándolo sobre mi corazón.

