El camino es una sábana de hojas ocres. La humedad se adosa en los árboles torcidos. Ella marcha firme, y él arrastra las hojas secas.
—Cuando despierto, imagino que me esperas en la cocina para preparar el desayuno. Recuerdo la vez que te dije que deseaba que fueses mi esposa. — ¡Disfruta la mañana! Eso fue hace mucho tiempo. — Bien sabes que tú no eras para mí, ni yo para ti. Tú querías hacer realidad el sueño de tu madre, y yo estaba lejos de ser eso. — Nunca me gustó ser la mitad. O soy uno o soy cero y deseaba que camináramos como uno solo. Esposos ante la sociedad y ante Dios. Como lo fueron mis padres, mis abuelos. — Tú deseabas una mujer que te siguiera. Yo tengo sangre nómada. — Hubiese disfrutado leerte lo que escribía para ti. — En aquellos días mi mundo giraba sobre ti. En este momento es un recuerdo tierno y nada más. Ahora me atrae lo que sucede en mi ciudad, en mi país o en el mundo. — Pero… Nos amábamos. — Te lo hice saber. Fue un instante que la alegría de tenerte rompió en ola y sofoqué mis deseos de fuga. ¡Joder! ¡Te tardaste! Cuando te decidiste, no quedaba nada de espuma.
—Me ofusqué. Después te propuse matrimonio, y me rechazaste. Cuando te dije, era el momento. ¡Me había ilusionado! Todo tiene su tiempo. Creo que tuviste miedo.
— Es posible, me vuelvo una mujer muy frágil cuando amo. Regresemos. El frío empieza a calar, el aire muerde mis huesos. — Pero… ¡Vivimos juntos! — Querrás decir que somos vecinos porque habitamos en el mismo edificio. Este asilo tiene sus normas.