La ocasión

¿Recuerdas cuando Juana te dijo que ella ya no podía seguir trabajando contigo? Pero que sabía de una prima que podría hacerlo. Le preguntaste si tenía buena presentación y ella contestó con familiaridad que sí. Juana te conocía bien y supo interpretar lo que tu querías decirle, pues al responderte movió las manos dibujando dos paréntesis.
Dos días más tarde llegó con su prima. Joven, bien formada, con acné en la frente y respondía al nombre de María. Habló lo elemental y mirando hacia abajo. Tenía conocimiento de primeros auxilios. Trabajaría por la mañana y por la tarde y sus obligaciones serían: mantener el local aseado, ordenar el medicamento, recibir la consulta, tomar signos vitales y ayudarte con la clientela femenina.
Por ese tiempo eras parte de un club de corredores por tu afición. Te veías delgado, elástico y resistente. Todos los días corrías de veinte a treinta minutos y los domingos trotabas con media docena de corredores. El local no tenía lujos, pero si era amplio y cómodo. Como una breve casa. Tu compromiso: atender de las nueve de la mañana a dos de la tarde.
Salió lista la muchacha: inyectaba, ponía sueros, y poco a poco enseñaste las complicadas formulas de las medicinas y cómo preparar pomadas de manera artesanal. Amén de que con paciencia la instruiste de cómo insertar un espejo vaginal y tomar muestras para el diagnóstico de cáncer. Me atrevo a decir, que mirar de cerca los aspectos íntimos dio oportunidad para dialogar sin prejuicios. En dos meses Sigue leyendo «La ocasión»

El perfume

Pensó que dicha botica no existía, al encontrarla redobló las esperanzas. Al cruzar la puerta percibió un olor de antigüedad  y, al recargarse sobre el mostrador de cedro el aroma se hizo penetrante.
Deseaba un perfume. El anciano se le acercó. Lo  atendió como si fuese un viejo cliente que recién llega de un largo viaje. Después desapareció tras de una puerta que parecía de juguete.
— Por favor aspire y me dice si es de su agrado.
Con el primero sintió la soledad de su niñez; con el segundo, apretó los ojos y  llegaron sensaciones vagas de una novia a la que jamás le dio un beso. En el tercero se vio de la mano con Martha. Una nueva aspirada y se encontró con dos años de coincidencias. Esas pláticas tan intensas donde el sueño se espanta; en el que las intimidades brincaban de la sábana al cielo.
Al día siguiente ordenó un ramo de flores, sobresaliente en rojos y amarillos.
—Rosas, de preferencia.
— ¿Adónde se las envío? —preguntó el dependiente— olisqueando el aroma sin tiempo.
— Al cruce de la Divina Providencia y Santa Fátima de los Remedios.
— ¿En qué colonia?
—En ninguna: es en el cementerio municipal.
Ya en el centro de la ciudad vio  a un grupo de universitarias que con sus libros bajo el brazo caminaban delante de él. Y exclamó para sí, ¡Lo que tengo  que hacer para cumplir la promesa de no olvidar!

 

Los patos

Llegué al pueblo cuando los patos volaban rumbo al sur. La choza olía a cera, a silencio. A ella confesé mi ánimo indiferente. Juntó hojas, flores y aceites que al hervir dejaron escapar aromas de raíces tiernas.

—Debe tomar la poción al anochecer.

Me despeñé en un sueño. Me vi en una procesión. Mi dedo medio parecía un cabo de vela. Llegué al altar frente a la sacerdotisa. Ella, ocultando mi cara con su túnica, besó mi boca y degusté el sabor de las almendras dulces. Desperté sudoroso, tratando de tomar una bocanada de aire. Los cantos de fe envolvían mis oídos, pero no lo suficiente, pues el graznar agudo de los patos enmudecían los golpes que propinaba al féretro al tratar de salir.

¿Los patos regresaban o se iban? Nunca lo supe.

Lágrimas negras

La mañana es húmeda y fría. Hace quince noches que la lluvia pertinaz se escurre por las callejuelas del pueblo ahogando los campos sembrados de papa. En la aridez, los viejos soplan sus manos para calentar el pulpejo de los dedos. Las nubes, percudidas de sombra presagian que el mal tiempo seguirá.
Los pobladores oran, y el murmullo busca un trozo de cielo dónde asirse; mas las gotas lo devuelven a la tierra.
Cuatro espectros montados en escuálidos caballos bajan de la serranía y las madres, desesperadas, abrazan el cuerpo de los niños. ¡Lloran sin lágrimas para no mojar más la tierra!

El cuadro es de Millet

 

Gracias por  el tallereo  Letra.

La tarde

Abre la tarde.
Cuida una primavera,
es breve, mínima,
con dificultad pía;
pero es robusta.
Me comenta la tarde
que su plumaje
esta hecho de arcoíris
de viento y agua,
y cada hora que pasa
se fortalece.
No te extrañe, me dice
que cuando cante
el mundo se despierte
vistiendo mariposas.

Foto tomada con celular.

El color de la sangre

Tenía el puñal de su mejor amigo en la parte izquierda del pecho. A su alrededor las chicharras y,  en la lejanía los coyotes firmaban sobre el silencio de la noche. Respiraba con dolor. Pensó que su agresor iría ya por el arroyo cuando sintió el chapoteo de la sangre en la batea de su tórax.
El escritor de historias detuvo de tajo la narración, se volteó irritado para mirar quién lo había tomado del hombro. Pero una boca depositó un beso en el lóbulo de la oreja y con voz suave le dijo:
—Soñé que escribías algo para mí.
Aún estaba molesto, pero la caricia le disipó el enojo y tomándola de la cintura le susurró:
— ¿Qué deseas, un cuento jocoso o algún relato serio?Sigue leyendo «El color de la sangre»