El León , El Lobo Y El Asno. Cuento árabe

Se cuenta que el león, rey del bosque, cayó enfermo. Todos los animales vinieron a verlo para desearle un buen restablecimiento. entre los visitantes, estaba el zorro, gran sabio del bosque, le dice a su rey: -Si quieres curarte, debes hacer la peregrinación a la Meca. estás enfermo a causa de tus pecados: mataste y agrediste a un gran número de animales; comiste a no sé cuántos hombres…….. – tienes razón, querido sabio. Pero la Meca está muy lejos de aquí. ¿Quién podrá acompañarme? – yo -propone el lobo- es una buena ocasión para purificarme de todas mis pecados. – Pero ¿qué pecados cometiste, querido lobo? – comí varias ovejas, varias gallinas, sin olvidar las granjas que saqueé. – de acuerdo -dice el león-, acepto que me acompañes. en la linda del bosque, se encuentran al asno.
– Vamos a la Meca. – ¿Puedo ir con vosotros? – ¿Tú también cometiste pecados? – Claro que sí, mi rey. ¿existe sobre la tierra un hombre o un animal que esté libre de pecados? Comí a menudo una hierba que no me pertenecía, trigo que había robado, la alfalfa de un amigo…… – Bueno, bueno. Si es así, ven con nosotros. Un mes después, llegan a un gran desierto. dos días de marcha sin comer nada. Al tercer día, el león dice al lobo: – no vamos a quedarnos tres días sin llevarnos nada a la boca. el lobo responde: – entre nosotros, no estamos faltos de comida. – ¿Pero de qué comida se trata? – Observa a ese herbívoro que nos acompaña……… ¿no es comida? – Si vamos a la Meca para purificarnos de todos nuestros pecados, ¡no podemos cometer uno antes de llegar! – Pero, Majestad, ¡se trata de nuestras vidas! nos lo comemos y, una vez que estemos en la Meca, imploraremos el perdón del eterno. – Pero ¿cómo conseguiremos comerlo? – no te preocupes por eso. el asno lo había escuchado todo……. el lobo dice: – Los tres vamos a morir de hambre. no es normal. Uno de nosotros debe sacrificarse; en la otra vida dios reconocerá su acción. – Pero ¿quién va a sacrificarse, dice el leon. – el más pequeño de entre nosotros, dice el lobo. – ¿entonces serás tú! – no hablo de la talla; hablo de la edad. el más joven debe sacrificarse…… – ¿Qué edad tiene su majestad? – he nacido 7000 años antes del nacimiento de Adán. – eres muy viejo, Majestad, mucho…….. el León: – ¿y tú, lobo? ¿Cuál es tu edad? – yo me acuerdo de Matusalén.
Tú también eres muy viejo. Volviéndose ambos hacia el asno: -¿Qué edad tienes tú? – no sé, no soy más que un asno, pero mis padres pegaron mi partida de nacimiento en el hierro de mis cascos. Para conocer mi edad, hay que echarle un vistazo. el león pide entonces al lobo que se informe de la edad del asno. – no sé leer. Mis padres demasiado pobres, no pudieron enviarme a la escuela. Pero tú perteneces a la familia real, recibiste una enseñanza digna de tu rango… – Por supuesto, sé muy bien leer y escribir. el asno dice entonces al león, levantando la pata derecha: – Vamos, Majestad, puedes leer lo que está escrito bajo mi pezuña. -¡Pero no veo nada! – Acércate más… Mi padre escribía muy pequeño. Al acercarse, el león recibe un golpe tan violenta que se queda tieso… Viendo este espectáculo, el lobo pone pies en polvorosa… …Sin dejar de repetir… «dios, te agradezco el haber sugerido a mis padres que no me enviaran a la escuela.

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bIbLIoGRaFÍa
AlkhAlifA, W. SAleh.: Cuentos tradicionales árabes. 1997.

El cuento de Tanabata anónimo

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar vivía un joven que un día volviendo del trabajo encontró una tela en el camino, la tela más bella que jamás había visto. «¡Qué tela tan bella!», dijo impresionado y la metió en su canasta. En ese momento alguien lo llamó, y al voltear se sorprendió mucho al ver aparecer a una mujer muy bonita quien le dijo: «Me llamo Tanabata. Por favor devuélveme mi ‘hagoromo’.» El joven le preguntó: «¿Hagoromo? ¿Qué es un hagoromo?» La mujer le contestó: «Hagoromo es una tela que uso para volar. Vivo en el cielo. No soy humana. Descendí para jugar en aquella laguna, pero sin mi «hagoromo» no podré regresar. Por eso le pido que me la devuelva. El joven avergonzado no pudo decir que él la había ocultado y le dijo: «¡Yo no sé de qué me hablas!» Tanabata no pudo volver al cielo y no tuvo más remedio que quedarse en la tierra. Con el tiempo ambos se hicieron muy amigos y posteriormente se casaron. Después de unos años, Tanabata, cuando hacía la limpieza de la casa, encontró el hagoromo. Sorprendida se dirigió a su marido y le dijo: «¡Ah! Tú fuiste el que tomó mi hagoromo. Ahora que ya la he encontrado tengo que regresar al cielo. Si tú me amas, haz mil pares de sandalias de paja y entiérralas en torno a un bambú. Si lo haces podremos vernos nuevamente. Házlo por favor. Te estaré esperando.» Diciendo estas palabras Tanabata subió al cielo. El joven se quedó muy triste y empezó a hacer las sandalias de paja que Tanabata le había mencionado y así poder verla. Un día hizo mil pares de sandalias de paja y las enterró en torno a un bambú. En ese momento el bambú se alargó muy alto hasta el cielo. El joven se sorprendió mucho y dijo: ¡Ah, Treparé el bambú y podré ver a Tanabata!». Y así lo hizo, subió y subió y llegó a la punta del bambú pero éste no llegaba al cielo. Le faltaba sólo un poco para llegar. En realidad le faltaba un par de sandalias para completar el millar. El joven dijo: «Me falta sólo un poco para alcanzar el cielo» y exclamó «¡Tanabata! ¡Tanabata!» Su voz alcanzó a Tanabata quien se puso muy contenta y enseguida extendió su brazo y lo alzó. Ellos muy felices se tomaron de las manos. En ese momento apareció el padre de Tanabata quien le preguntó: «¿Quién es ese hombre?» Tanabata le contestó: «Este es mi esposo.» El joven dijo: «Mucho gusto.» Al padre no le gustaba que Tanabata se haya casado con un humano y preguntó al joven: «¿Que trabajo tiene?» El joven le contestó: «Soy labrador.» El padre dijo: «Bueno durante tres días cuida mis tierras.» «Sí. Entendido.», respondió el joven. Tanabata le dijo a su marido que su padre le estaba haciendo una trampa y que aunque tuviese sed no comiese ninguna fruta pues le ocurriría algo malo.» El joven se puso a cuidar las tierras. Pasaron los días y empezó a tener mucha sed. «Tengo mucha sed. Ya no puedo aguantar. Sólo un poco…..» En eso, las manos del joven se dirigían a la fruta inconcientemente. La tocó y de ella empezó a salir mucha agua, convirtiéndose en un río, el «Amanogawa». El joven y Tanabata quedaron separados por Amanogawa y ambos se convirtieron en estrellas, las estrellas Vega y Altaír. Desde entonces, la pareja con el permiso del padre, puede encontrarse sólo un día al año, el siete de julio. Ambas estrellas aún brillan en el cielo.

El embustero honesto anónimo

Nasrudín se encontró en la calle con un estafador.

—¡Me habían dicho que estabas muerto y enterrado! —exclamó el mulá.

—Como ves, estoy vivo y en perfecto estado —contestó el otro.

—No pienses que voy a caer en esa trampa —dijo Nasrudín—. Si dices que estás vivo, seguro que estás muerto. ¡Todos sabemos lo embustero que eres!

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Nasreddin, o Nasrudín, es un personaje mítico de la tradición popular sufí, una especie de antihéroe del islam, cuyas historias sirven para ilustrar o introducir las enseñanzas sufíes, se supone vivió en la Península Anatolia en una época indeterminada entre los siglos XIII y XV.

Nombre

Nasr-ed-Din significa “victoria de la fe” y Hodja, “el maestro” o “el profesor”. También se le conoce como “El maestro Nasreddin” (Nasreddin Hodja) y Mulá Nasrudín.

Historia

Nasrudín es un Mulá (maestro) que protagoniza una larga serie de historias-aventuras-cuentos-anécdotas, representando distintos papeles: agricultor, padre, juez, comerciante, sabio, maestro o tonto. Cada una de estas historias cortas hace reflexionar a quién la lee u oye, como una fábula, y además suelen ser humorísticas, con el humor simple de lo cotidiano, a veces con contrasentidos y aparentes absurdos.

Sus enseñanzas, que han sido y son utilizadas por los maestros del sufismo, van desde la explicación de fenómenos científicos y naturales, de una manera más fácilmente comprensible, a la ilustración de asuntos morales.

idries-shahIdries Shah recopiló y popularizó en Occidente al personaje a través de diversas recopilaciones de estos cuentos breves rescatados de la literatura y tradición oral de las culturas donde es conocido. Nos hace saber que el personaje pasó a la figura árabe de Joha, para reaparecer en el folklore de la Isla de Sicilia y después en algunas historias atribuidas a Baldakiev en Rusia, así como al antiguo libro francés de las Fabulas de María de Francia.

Los cuentos de Nasrudín actualmente llegan a ser aproximadamente 378. Son textos que tratan de distintos temas, generalmente morales, cuyas enseñanzas se amparan en el ingenio y el humor.

Idries Shah siempre consideró que la sabia y absurda lógica de los cuentos de Nasrudín, era uno de los métodos más ingeniosos que tenían los sufíes para romper la forma de pensar habitual, adentrándose así en un mundo despojado de prejuicios.

Nasrudín es considerado un Don Quijote islámico porque acostumbra a ser cuerdo en su locura y abarca todo el ingenio popular de Oriente Medio transmitiendo de forma simplificada las enseñanzas del sufismo.

https://grupoespiritaisladelapalma.wordpress.com/2014/08/07/cuentos-sufies-la-sabiduria-del-mula-nasrudin/

 

El sembrador de dátiles

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
-Que tal anciano? La paz sea contigo.
– Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea.
-¿Qué haces aqui, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
-Siembro -contestó el viejo.
-Qué siembras aqui, Eliahu?
-Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.
-¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez.
-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
– No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…
-Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
-No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé.. lo he olvidado… pero eso, ¿qué importa?
-Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
-Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto… y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
-Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste – y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.

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El Rey sin Dientes

 

Una sabia y conocida anécdota árabe dice que en una ocasión, un Sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de despertar, mandó a llamar a un adivino para que interpretase su sueño.
“¡Qué desgracia, mi Señor!” exclamó el adivino, “cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra Majestad”.
“¡Qué insolencia!” gritó el Sultán enfurecido, “¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? ¡Fuera de aquí!” Llamó a su guardia y ordenó que le dieran cien latigazos.
Más tarde ordenó que le trajesen a otro adivino y le contó lo que había soñado. Éste, después de escuchar al Sultán con atención, le dijo: “¡Excelso Señor! Gran felicidad os ha sido reservada… ¡El sueño significa que sobreviviréis a todos vuestros parientes!”
Iluminóse el semblante del Sultán con una gran sonrisa y ordenó le dieran cien monedas de oro.
Cuando éste salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado: “No es posible! La interpretación que habéis hecho de los sueños es la misma que la del primer adivino. No entiendo porque al primero le pagó con cien latigazos y a ti con cien monedas de oro.
“Recuerda bien, amigo mío”, respondió el segundo adivino, “que todo depende de la forma en el decir… uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender el arte de comunicarse”.
De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, más la forma conque debe ser comunicada es lo que provoca, en algunos casos, grandes problemas.
La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien, puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

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Las semillas del sesamo

“Una joven y afligida madre, lamentando la muerte de su bebé, busca consejo en Buda. La mujer explica a Buda su insoportable pesar y su incapacidad para reponerse a esa devastadora pérdida. Buda le pide que llame a todas las puertas del pueblo y pida una semilla de sésamo en cada casa en la que no se haya conocido la muerte. Después, deberá traérselas a él. Ella, obediente, va de puerta en puerta y, mientras sale con las manos vacías de cada una de las casas, comprende que no hay ningún hogar que no haya sido azotado por la muerte. La mujer regresa donde Buda sin semilla alguna, y Buda le dice lo que ella ya ha comprendido: que no está sola.

La muerte es algo que alcanza a todos, a cada familia. Es sólo una cuestión de tiempo. Lo que es inevitable, le dice el maestro, no debe lamentarse en exceso.”

Tomado de Acuarela de palabras.

Anónimo árabe: Nsrudín y la sopa de pato

Cierto día, un campesino fué a visitar a Nasrudín, atraído por la gran fama de éste. Deseoso de ver de cerca al hombre más ilustre y más idiota del país, le llevó como regalo un magnífico pato.

El Mulá, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato.

A la mañana siguiente, el campesino regresó a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante.

Algunos días mas tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudín.

– Somos los hijos del hombre que le regaló un pato – se presentaron.

Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato.

Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mulá.

– ¿Quienes son ustedes?

– Somos los vecinos del hombre que le regaló un pato.

El Mulá empezó a lamentar haber aceptado aquél pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara, e invitó a sus huéspedes a comer.

A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mulá.

– Y ustedes ¿quiénes son?

– Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato.

Entonces el Mulá hizo como si se alegrara y los invitó al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua caliente y llenó cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el líquido, uno de ellos exclamó:

– Pero …. ¿qué es esto, noble señor? ¡Por Allah que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida!

El Mulá Nasrudín se limitó a responder:

-Esta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato !!!

Nasrudin

El perro aterrado

Adaptación del cuento popular de la India

Érase una vez un perro llamado Kutta que vivía en una gran ciudad de la India. No tenía dueño y se dedicaba a vagar por las callejuelas olfateando todas las esquinas,  casi siempre buscando algo para comer.
Su vida era tan solitaria que solía recurrir a la imaginación para hacerse una idea de cómo eran las cosas, de cómo funcionaba el mundo. Se puede decir que Kutta se pasaba el día haciendo conjeturas de esto, lo otro y lo de más allá.
Por ejemplo, si una señora lanzaba a la vía pública las sobras del caldo, él pensaba:
– ‘¡Oh, qué generosa es esa mujer! Seguro que me ha visto, se ha dado cuenta de que tengo hambre, y muy amablemente ha tirado los huesos para que yo me los zampe.’
O si un chaval arrojaba un palo al aire, sonreía y se decía a sí mismo:
– ‘¡Qué chico tan simpático! Lo lanza lejos porque sabe que a los perros nos encanta ir a buscar palitos y pelotas. Estoy convencido de que lo que quiere es jugar conmigo y que si pudiera me adoptaría.’
Kutta veía la vida a su manera, desde su punto de vista particular, y era feliz.
Sucedió que un día pasó por delante de una verja que servía para delimitar un espléndido jardín. Casualmente, el portón de entrada estaba abierto de par en par.
– ¡Oh, qué sitio tan bonito! … ¡Y no parece peligroso! Daré una vueltecita a ver qué encuentro.
Kutta entró y se paseó tan campante, como si fuera el señor de la propiedad, entre árboles altísimos y flores exóticas. Por fin, después de un largo recorrido, llegó a un estanque lleno de pececitos azules.  Ante una visión tan encantadora comenzó, como siempre, a fantasear.
– ¡Oh, qué preciosidad! Esto debe ser el paraíso en la tierra porque todo en este lugar es maravilloso. Me  apuesto la cena de esta noche a que aquí vive un príncipe.
Rodeó el estanque, cruzó una arboleda, y ante sus ojos apareció un increíble palacio de mármol, coronado por una cúpula dorada que relucía bajo el sol.
– Ma… ma… ¡madre mía, qué pasada de casoplón!
Tras el impacto inicial, a Kutta le faltó tiempo para retomar su manía de sacar conclusiones de todo.
– ¡¿Pero dónde estoy?!… ¡Este lugar es alucinante! A la vista está que el dueño es  alguien muy inteligente porque para conseguir esta mansión hay que ser espabilado y saber cómo ganar mucho dinero.
Jamás había visto nada tan hermoso. Fascinado, siguió haciendo cábalas.
– Lo que está clarísimo es que se trata de una persona elegante, apuesta, de exquisito gusto. ¡Seguro que viste las mejores sedas del país y adora las joyas!
Kutta se moría de ganas de entrar, por lo que dejándose llevar por sus cuatro patas flacuchas se plantó en la impresionante escalinata de la entrada.  No vio a nadie y siguió barruntando quién sería el afortunado poseedor de esa casa tan fabulosa.
– No hay duda de que quien vive aquí es una persona muy feliz. ¡Imposible ser desdichado cuando se tiene tanto!… Sí, es innegable que su vida es maravillosa.
Kutta estiró el cuello y subió de puntillas los escalones, actuando como si fuera  un tipo distinguido acudiendo a un baile de gala. Al llegar arriba, se sorprendió.
– ¡Anda, pero si esta puerta también está abierta!
Levantó las orejas y solo escuchó el canto de los pajarillos.
– ¡Voy a investigar, pero lo haré muy rápido no vaya a ser que aparezca alguien por sorpresa y me meta en un buen lío!
Kutta pasó a toda velocidad y apareció en un inmenso salón cuyas paredes estaban cubiertas de arriba abajo por muchos espejos diferentes. El pobre nunca había visto ninguno y no sabía lo que eran, por lo que al entrar se encontró un montón de perros corriendo en dirección contraria… ¡hacia donde él estaba! Su reacción fue mostrar los colmillos para infundir miedo a sus enemigos, pero en ese mismo instante, todos los sabuesos levantaron el hocico y también le enseñaron los dientes.
Kutta sintió tanto terror que se quedó paralizado, en el centro de la sala, sin ni siquiera pestañear. En medio del pánico se le ocurrió gruñir apretando fuertemente las mandíbulas; la respuesta fue que inmediatamente todos los perros tensaron la cara y le gruñeron a él. ¡Estaba literalmente rodeado!
– Esto es el final… ¡No tengo escapatoria!… ¿O sí?
Movió las pupilas y pudo ver que la puerta estaba a escasa distancia. Sin pararse a pensar ni mirar atrás salió escopetado y apareció en el soleado jardín. Una vez allí corrió y corrió durante al menos cien metros, hasta que se dio cuenta de que nadie le seguía. Entonces, frenó en seco, se giró hacia la fachada del fastuoso palacio, y una vez más empezó a elucubrar.
– ¡Oh, qué raro!… Había por lo menos treinta perros y ninguno me ha perseguido. ¡Eso es porque en el fondo son tan cobardes que no se atreven a salir al exterior!
Kutta se sentó un rato en la hierba para recuperar el aliento y bajar las pulsaciones del corazón. Cuando se encontró más calmado se levantó y tomó el camino de vuelta,  completamente convencido de que los perros que había visto en el salón del palacio existían de verdad. Una lástima, porque si se hubiera dado cuenta de su error,  habría aprendido algo muy importante: que la imaginación nos puede jugar malas pasadas y que no podemos pasarnos el día hablando de lo que no sabemos por la sencilla razón de que las cosas no siempre son lo que parecen.

Adaptación de CRISTINA RODRÍGUEZ LOMBA

perro.

Anónimo africano:»Los gemelos de una sola cabeza»

Una vez había unos gemelos que solo tenían una cabeza para los dos. Sus
nombres eran Sainey y Sana. A pesar de tener una sola cabeza no estaban
de acuerdo. Sana era fuerte pero obstinado. Sainey era débil pero agudo.
Un día Sana le dijo a su hermano: «Quiero ir a la guerra.» Sainey sabía que
su hermano era tozudo y no quiso escucharle. Por lo tanto le dijo: «Deja
que primero lo consultemos con nuestros padres y nos den su
opinión.Sana les contó su plan. Su madre dijo: «No debéis ir.» Su padre
dijo: «No debéis ir.» Pero Sana estaba decidido a ir. Y Sainey fue forzado a
ir.
A pesar de sus esfuerzos no pudo salvar a su hermano: Sana murió en el
campo de batalla. Y con dolor Sainey cantaba:
Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.
Cogió el cuerpo de su hermano desde el campo de batalla hasta el camino.
Débil, Sainey tuvo que arrastrar el cuerpo. Y de este modo lo llevó hasta su
casa. Los padres se acercaron a ellos. Cuando vieron lo que había
ocurrido, su madre lloró, su padre lloró. La gente del pueblo fue a
consolarles. Y Sainey cantó su canción:
Sana, tu madre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Tu padre te lo dijo
Pero no quisiste escuchar
Ahora el muerto y el vivo
deben ir en una sola tumba
Oh gente del pueblo
Esto es extraño.
La gente del pueblo cargó con ellos hasta su campamento. Donde fueron
enterrados en una sola tumba.

siameses

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Del Pachatantra, el leon y el chacal

En cierta región de un bosque vivía un león llamado Kharanakhara que corriendo un día hambriento por todas partes no pudo cazar ninguna bestia. A eso de la puesta del sol, llegó a una gran cueva, entró en ella y pensó: «Seguramente que algún animal vendrá a pasar la noche en esta cueva; de modo que me voy a quedar aquí escondido». Estando allí en tal situación, llegó el dueño de la cueva, que era un chacal llamado Adhipuchchha, el cual miró y vio las huellas del pie de un león que había entrado y no salido de la cueva. Entonces pensó: «¡Ah!, perdido estoy; seguramente que aquí dentro hay un león. ¿Qué hago? ¿Cómo he de huir?». Pensando así y sin moverse de la puerta empezó a gritar:

-¡Eh, caverna! -Dicho esto, añadió de nuevo-: ¿ignoras que tienes un pacto conmigo, según el cual yo te he de hablar al venir de fuera y tú me has de responder? Si no me respondes, pues, me voy a otra gruta.

El león al oír esto pensó: «Sin duda que caverna invita a éste siempre que viene y hoy se calla por temor a mí. Pues se ha dicho esto:

Cuando el miedo oprime el corazón, quedan sin poder obrar las manos, los pies, la lengua y demás; el temblor es el único que domina.

« Voy, pues, a llamarle yo para que entre y me sirva de comida». Habiéndolo pensado así, le llamó. El rugido del león llenó todo el ámbito de la caverna, retumbando en ella cien veces; de tal modo, que puso en fuga hasta las bestias que estaban lejos. El chacal huyó enseguida a todo correr y recitó esta zloka:

Quien procede con cautela vive feliz, y no vive el que obra sin discernimiento. Yo me he hecho viejo viviendo en el bosque, y nunca he oído que una cueva hable.

El ciervo escondido, anónimo chino

Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en el bosque y lo tapó con hojas y ramas. Poco después olvidó el sitio donde lo había ocultado y creyó que todo había ocurrido en un sueño. Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente. Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar el ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:
-Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó dónde lo había escondido y ahora yo lo he encontrado. Ese hombre sí que es un soñador.
-Tú habrás soñado que viste un leñador que había matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Pero como aquí está el ciervo, tu sueño debe ser verdadero -dijo la mujer.
-Aun suponiendo que encontré el ciervo por un sueño -contestó el marido- ¿a qué preocuparse averiguando cuál de los dos soñó?
Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa del otro y encontró el ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:
-Realmente mataste un ciervo y creíste que era un sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró el ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado un ciervo que otro había matado. Luego, nadie mató al ciervo. Pero como aquí está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.
El caso llegó a oídos del rey de Cheng y el rey de Cheng dijo:
-¿Y ese juez no estará soñando que reparte un ciervo?

Nasrudín es asaltado, anónimo árabe

Mulá Nasrudin inició un viaje hacia tierras lejanas, motivo por el cual se consiguió una cimitarra y una lanza. En el camino, un bandido cuya única arma era un bastón, se le echó encima y lo despojó de todas sus pertenencias.

Cuando llegó a la ciudad más próxima, el Mulá contó su desgracia a sus amigos, quienes le preguntaron como habría podido suceder que él, estando armado con una cimitarra y una lanza, no hubiera podido dominar a un ladrón armado con un modesto bastón.

Nasrudín contestó:

– El problema fue precisamente que yo tenía las dos manos ocupadas, una con una cimitarra y la otra con una lanza. ¿Cómo creen ustedes que hubiera podido salir airoso?

Nasrudin

Cónocete: anónimo hindú

Un niño de la India fue enviado a estudiar a un colegio de otro país.
Pasaron algunas semanas, y un día el jovencito se enteró de que en el colegio había otro niño indio y se sintió feliz. Indagó sobre ese niño y supo que el niño era del mismo pueblo que él y experimentó un gran contento.
Más adelante le llegaron noticias de que el niño tenía su misma edad y tuvo una enorme satisfacción. Pasaron unas semanas más y comprobó finalmente que el niño era como él y tenía su mismo nombre. Entonces, a decir verdad, su felicidad fue inconmensurable.

niño hindú

Tomado de Ciudad Seva

La muerte

Vivía en Bagdad un comerciante llamado Zaguir. Hombre culto y juicioso, tenía un joven sirviente, Ahmed, a quien apreciaba mucho. Un día, mientras Ahmed paseaba por el mercado de tenderete en tenderete, se encontró con la Muerte que le miraba con una mueca extraña. Asustado, echó a correr y no se detuvo hasta llegar a casa. Una vez allí le contó a su señor lo ocurrido y le pidió un caballo diciendo que se iría a Samarra, donde tenía unos parientes, para de ese modo escapar de la Muerte. Zaguir no tuvo inconveniente en prestarle el caballo más veloz de su cuadra, y se despidió diciéndole que si forzaba un poco la montura podría llegar a Samarra esa misma noche. Cuando Ahmed se hubo marchado, Zaguir se dirigió al mercado y al poco rato encontró a la muerte paseando por los bazares.
– ¿Por qué has asustado a mi sirviente? – preguntó a la Muerte.
– Tarde o temprano te lo vas a llevar, déjalo tranquilo mientras tanto.
– No era mi intención asustarlo -se excusó ella – pero no pude ocultar la sorpresa que me causó verlo aquí, pues esta noche tengo una cita con él en Samarra.

berenice

Cita con la Muerte

 

El encanto anónimo Chino

Ch´ienniang era la hija del señor Chang Yi, funcionario de Hunan. Tenía un primo llamado Wang Chu, que era un joven inteligente y apuesto. Habían crecido juntos y, como el señor Chang Yi quería mucho al muchacho, dijo que lo aceptaría de yerno. Ambos escucharon la promesa, y como estaban siempre juntos, el amor aumentó día a día. Ya no eran niños y llegaron a tener relaciones íntimas. Desgraciadamente, el padre no lo advirtió. Un día un joven funcionario le pidió la mano de su hija y el señor Chang Yi , olvidando su antigua promesa, consintió.
Ch´ienniang, debiendo elegir entre el amor y el respeto que le debía a su padre, estuvo a punto de morir de pena, y el joven estaba tan despechado que decidió abandonar el país para no ver a su novia casada con otro. Inventó un pretexto y le comunicó a su tío que debía marchar a la capital. Como el tío no logró disuadirlo, le dio dinero, regalos, y le ofreció una fiesta de despedida. Wang Chu, desesperado, pasó cavilando todo el tiempo de la fiesta, diciéndose que era mejor partir y no empeñarse en un amor imposible.
Wang Chu se embarcó una tarde y había navegado unas millas cuando cayó la noche. Le dijo al marinero que amarrara la embarcación y que descansaran, pero por más que se esforzó no pudo conciliar el sueño. Hacia la medianoche, oyó pasos que se acercaban. Se incorporó y preguntó:
-¿Quién anda ahí, a estas horas de la noche?
-Soy yo, soy Ch´ienniang.
Sorprendido y feliz, Wang Chu la hizo entrar a la embarcación. Ella le dijo que el padre había sido injusto con él y que no podía resignarse a la separación. También ella había temido que Wang Chu, en su desesperación, se viera arrastrado al suicidio. Por eso había desafiado la cólera de los padres y la reprobación de la gente y había venido para seguirlo a donde fuera. Ambos, muy dichosos, prosiguieron el viaje a Szechuen.
Pasaron cinco años de felicidad y ella le dio dos hijos. Pero no llegaban noticias de la familia y Ch´ienniang pensaba cada vez más en su padre. Ésta era la única nube en su felicidad. Ignoraba si sus padres vivían o no, y una noche le confió a Wang Chu su pena.
-Eres una buena hija -dijo él- ya han pasado cinco años y se les debe de haber pasado el enojo. Volvamos a casa.
Ch´ienniang se regocijó y se aprestaron a regresar con los niños.
Cuando la embarcación llegó a la ciudad natal, Wang Chu le dijo a Ch´ienniang.
-No sabemos cómo encontraremos a tus padres. Déjame ir antes a averiguarlo.
Al divisar la casa, sintió que el corazón le latía. Wang Chu vio a su suegro, se arrodilló, hizo una reverencia y pidió perdón. Chang Yi lo miró asombrado y le dijo:
-¿De qué hablas? Hace cinco años Ch´ienniang está en cama y sin conciencia. No se ha levantado una sola vez.
-No comprendo -dijo Wang Chu- ella está perfectamente sana y nos espera a bordo.
Chang Yi no sabía qué pensar y mandó dos doncellas a ver a Ch´ienniang.
La encontraron sentada en la embarcación bien ataviada y contenta. Maravillada, las doncellas volvieron y aumentó el asombro de Chang Yi.
Entretanto, la enferma había oído las noticias y parecía haberse curado: sus ojos brillaban con una nueva luz. Abandonó el lecho y se vistió ante el espejo. Sonriendo y sin decir una palabra, se dirigió a la embarcación.
La que estaba a bordo iba hacia la casa: se encontraron en la orilla. Se abrazaron y los dos cuerpos se confundieron y sólo quedó una Ch´ienniang, joven y bella como siempre. Sus padres se regocijaron, pero ordenaron a los sirvientes que guardaran silencio, para evitar comentarios.
Por más de cuarenta años, Wang Chu y Ch´ienniang vivieron juntos y fueron felices.

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