Promesa

Trabajo y más trabajo. Responder oficios, ver las citas en el juzgado, contestar –personalmente— a clientes, proponer la mejor opción para formular un testamento. Mi secretaria organiza mi agenda y contesta los teléfonos.

Después de haber hablado con mi esposa, escucho a Elia con su voz de flauta, me recuerda que debo ir a casa de la viuda. La señora —en cuestión— vive en un pueblo cercano y yo fungo como su representante legal.

Diez hectáreas de su propiedad están en la mancha urbana y hay que negociar con los invasores, autoridades municipales. Preparé la documentación y sin pensarlo dos veces, conduje el auto hasta la residencia de mi cliente que por la edad,  su salud es inestable. Dos horas intensas pasé con el hijo de ella, doblando y desdoblando planos, marcando terrenos que se donarán al municipio para escuelas, áreas verdes y calles.

Cuando me despedía de la viuda, salió a mi paso una joven de cabello lacio y cortado como varón, pómulos salientes, labios gruesos y enrojecidos por una mancha. 
—Le presento a mi ahijada, que nos ayuda con mamá.
—Aprovecho para pedirle, si no es molestia, que la acerque a su casa, ya que su mamá no puede vivir sin ella. —Me dijo Mario, hijo de la viuda.

Enfilé hacia la carretera con mi pasajero. Es una hora a una velocidad moderada y últimamente más, porque las lluvias tienen en mal estado a la carpeta asfáltica. Serían cerca de la una de la tarde. Ella estiró las piernas, y sus manos se trenzaron detrás de su nuca.
— ¿Cansada?
—Más que cansada, aburrida. Recién lleguéSigue leyendo «Promesa»

POR SI NO TE VUELVO A VER

Eran las tres de la mañana y el frío intenso del altiplano de México se colaba en la sala de urgencias ginecológicas del hospital. Un sudor perlaba su nariz, que hacía contraste con la oscuridad de sus ojeras. El cabello era nido de finas gotas de agua que parecían dibujarle una diadema. Apretaba las mandíbulas y la lividez de su cara se acentuaba cada vez que el dolor oprimía.

Las enfermeras iban y venían. Mi compañero de guardia, arropado con una manta, se había hecho bolita y dormía profundamente. Los cubículos estaban separados por cortinas de plástico que corrían por los tubos de acero inoxidable. Le daban al espacio una privacidad asfixiante, por los vapores del yodo y el tufo adosado de los enfermos.
Nos reconocimos. Ella estudiaba para auxiliar de enfermería y hacía sus prácticas en la Cruz Roja. Un domingo, fuimos a una ciudad cercana, paseamos por el parque y juntos disfrutamos de un helado. De regreso, en el autobús, recostó su mejilla en mi hombro y su mano cayó sobre mi muslo. La abracé, y con los dedos frotaba la cima de su pecho, mientras mi boca reconocía el contorno de sus labios. Eso fue, no pasó a más; simplemente, dejé de verla, no sé por qué. — ¿Eres el único médico aquí? — Sí. — ¿No hay nadie más que tú? — No a esta hora. ¿Por qué no te quieres atender conmigo? — Me da vergüenza. — ¿Vergüenza? ¿Por qué? — Tú sabes… No puedo contártelo a ti, por lo que pasó entre nosotros. — Por eso mismo deberías tenerme confianza. ¿Quién mejor que yo para darte atención? Dime, por favor. Poco a poco, se fue relajando y platicándome su enfermedad. Más resignada que conforme, aceptó ayuda de una auxiliar, quien la llevó al baño, le pidió que se despojara de su ropa interior y, envuelta en una bata, volvió con ella para que se recostara en la camilla, y yo pudiera explorarla.
Mientras me quitaba el guante de látex, pensé en la relación que tuve con ella y en la que recién había terminado. Era la misma persona, ¡pero los momentos eran tan opuestos! ¡Qué lejos y cerca estaba la penumbra del camión! En aquellos momentos, su respiración crujía e iba del oído a mi nuca produciéndome una excitación que parecía avasallarnos. No recuerdo qué fue lo que nos detuvo y nos despedimos. En cambio, en esta madrugada, mis manos se detuvieron en el interior de su anatomía y buscaron los vidrios que rompían la continuidad de sus tejidos. ¡Sabía ya qué la estaba matando! Me comuniqué con el jefe de la guardia, quien estuvo de acuerdo y pidió con urgencia la presencia del anestesiólogo. Por un momento, nos quedamos solos. Me miró con ojos lejanos. Hubo un abrazo sin fuerzas y un beso tierno en la boca. Luego, escondió su cara en mi hombro y sentí la humedad de sus lágrimas, resbalando a tientas por mi cuello. Me dio otro beso. — Por si no te vuelvo a ver. – Me dijo. Se fue con su cita a la unidad quirúrgica. Yo tenía más consulta y los recuerdos calientes. Afuera, arreciaba la lluvia y una sirena ululaba en la oscuridad.

LOS PASILLOS DEL HOSPITAL
Los pasillos del hospital se iluminan con luz fría. Son transitados con prisa. El camillero que lleva una embarazada, un enfermo o un herido desangrándose hacia el quirófano. También corre la enfermera con su carrito de medicinas porque hay un infartado en algún cuarto. Por los pasillos caminan los familiares deshechos en silencio, otros, callando gemidos con el pañuelo en la boca. Van y vienen penas y esperanzas. Las embarazadas caminan de un lado a otro, cargando el peso de su vientre, algunas platican en silencio, otras piden a la virgen que el niño no tenga malformaciones. Por los pasillos del hospital corren historias bajo una luz fría. En los pasillos que dan a la sala de espera de urgencias, hay preocupación, angustia y una miríada de oraciones que buscan salida al cielo.

Un paseo por la montaña. Antes de Cox

 Un día, mi querido amigo Celedonio me preguntó que dónde había aprendido a sacar niños, y le conté que de estudiante pocas oportunidades se tienen de atender partos, que el verdadero fogueo inicia cuando ingresamos a la vida hospitalaria, como interno de pregrado. La primera vez que me tocó hacer guardia en el hospital, el médico jefe me dijo: “Mira tú te vas encargar de esta ala del hospital, aquí se internan las que están en trabajo de parto y tu labor consiste en ir evaluando quién se va a la unidad de atención y debes mandarlas cuando el cuello de la matriz tenga cuatro centímetros de dilatación. Así que debes estar pendiente”

La enfermera joven, morena, con ojos de paloma y cejas que se tocaban en su extremo medio, dijo: “Doctor, la paciente de la cama doscientos veinte está alterada. Seguramente puse cara de estúpido, pero ella, sonriendo, habló “vamos a revisarla”. Fui con ella. La paciente daba la impresión de estar siendo golpeada por alguien. De un carrito sacó un par de guantes y los puso frente a mí. Mi torpeza debió ser evidente para calzármelos, así que sacó otro par, porque seguramente había contaminado . Pero ella, sonriente, exclamó “perdón, estos sí son del tamaño de sus manos”. Fueron momentos en que me puse a sudar tanto como la paciente; “los pinches guantes no calzaban bien en mis manos”. Cuando por fin lo hice , ella le habló con cariño a la mujer y ésta empezó a tranquilizarse. Pude al fin meter mis dedos dentro de la cavidad vaginal, pero una vez dentro, éstos estaban hechos bolas, sólo sentían lo blandito y tibio del tejido. La enfermera me preguntó: “¿Cuánto tiene de borramiento?” Me quedé callado y volví a meter mis dedos. Ella se puso unos guantes con una facilidad que me hizo sentir vergüenza. Le hizo tacto y me dice en confidencia “tiene como un ochenta por ciento y tres de dilatación”. Toqué, toqué de nuevo, y seguí sus consejos. Poco a poco lo oscuro se hizo claro. Han pasado los años, pero la memoria de mis yemas sigue fresca, si en este momento hago tacto a una señora en trabajo de parto, diré con exactitud cuánto tiene de dilatación y borramiento, pues la yema de los dedos nunca olvida. La enfermera será siempre tu gran compañera si le das su espacio, su lugar y ganas su afecto.

 

El hospital donde realicé mis prácticas estaba recién hecho y no había más que los médicos especialistas de base y once internos que recién egresamos de los cinco años que exigía la carrera. Treinta y seis horas continuas de trabajo, por doce de descanso. Cuando terminábamos la jornada, lo único que deseábamos era dormir y dormir. Así que subíamos las escaleras reptando los escalones, para tirarnos a la cama. ¿Cómo es que no explotamos? Pues había médicos que nos hacían pedazos el ánimo y otros que, como verdaderos maestros y amigos, nos daban mucho de ellos. Otra forma de evadirnos era jugarnos bromas y aceptar que una serie de sonrisas hacen la angustia más llevadera. Mi preparación dio como resultado atender los partos con éxito, y cada vez que hacía las disposiciones para atender una situación complicada, recordaba las bromas que jugábamos.

Urgencia en la sala de partos

 En un hospital, las tres de la mañana es el momento en que la tensión da un respiro a los trabajadores. No sucede siempre, pero sucede. Con un trapeador, el intendente relame los mosaicos de vinilo y en el área de atención de partos, los internos de pregrado, enfermeras y auxiliares, están de pie. De pie es un decir; lo más exacto sería definir que con un ojo dormitan y con el otro descansan. Sólo es un instante. Es como si la máquina se parara y diera lugar a un profundo silencio. Todos intentan aprovecharlo. Un relax, un pestañeo o un mini-sueño, pueden ser renovadores y dar el impulso para las siguientes horas, que suelen ser las más intensas. Si acaso se oye una radio que da la hora. Los que toman las decisiones críticas, o sea los especialistas, duermen: se despiertan sólo si es necesario.

En el piso (así llamamos al sector de hospitalización), las mujeres esperan con angustia el momento del parto. No hay nadie a su lado; sólo ellas y sus hijos por nacer. Las enfermeras (algunas, ángeles; otras, no tanto) aunque quieran acompañarlas tienen tanto trabajo, que les responden con palabras indiferentes, toman los signos, dan las pastillas y se van. Son almas en blanco que ejecutan su rutina. El puente entre la paciente y la institución son los internos, médicos de pregrado, que revisan a las señoras y las derivan al servicio de atención del parto cuando tienen en el cuello de la matriz cuatro centímetros de dilatación. Algunas mujeres deciden no esperar, y el parto es atendido en la cama. Este hecho es conocido como “Camacho”. Por lo tanto, el prestigio de un médico de pregrado es no tener “Camachos”. En el momento exacto, a esa hora crucial, preparamos a nuestro jefe de internos, Durazo. Alto, blanco, tenía un abdomen protuberante que prometía el radio de un embarazo gemelar.

 A las tres de la mañana lo caracterizamos para su presentación en la unidad toco-quirúrgica: un turbante para resguardar el cabello, la bata, vendas en las piernas que le ocultaban los pelos, y botas de algodón cubriendo sus pies; una sábana húmeda con restos de yodo para que simulara sangre y un suero, ese sí, clavado en la vena. Dos internos guiamos la camilla con la mayor rapidez posible a la sala de partos; trabajo que normalmente hacían los camilleros. El jefe, en el silencio del hospital, daba alaridos tan desgarradores, que más bien parecía una puerca a punto de sacrificio. — ¡Camacho! ¡Camacho! ―vociferaba con angustia, nuestro equipo.

El escándalo despertó a todo el mundo. Los auxiliares y enfermeras se movieron rápido, preparando todo para la atención de la parturienta. Los internos de pediatría acudieron a la sala para recibir al nuevo ser y, los encargados de obstetricia se vistieron con prontitud su uniforme esteril. Pasamos “la parturienta” a la mesa, y las enfermeras alzaron sus extremidades para que las apoyara en las pierneras y quedara en posición. Nosotros, mientras tanto, dándole consuelo. — Ya, señora; todo va a salir bien —y, por dentro, muriéndonos de risa. El interno encargado de atender el parto retiró la sábana para hacerle el tacto. — ¡Esta mujer tiene huevos y no está rasurada! –exclamó encabronado. No contuvimos la carcajada, y ellos tampoco. El jefe de internos, Durazo, escapó de un salto; todavía tuvo el humor para caminar como patito y, sujetándose el vientre, se perdió entre los pasillos del hospital. Faltaba poco para las cuatro de la mañana, y casi una hora para las urgencias de las cinco.

Un paseo por la montaña Los partos

Al violinista le conocía porque vivía casas abajo de doña Licha. Nunca, había tratado con él. Alguna vez, le vi en las fiestas del pueblo. Con tendencia a ser gordo, de calzón y con un pañuelo rojo en el cuello y su nariz de cotorro que se acentuaba cuando se ponía el violín en el cuello. El problema: su esposa no podía dar a Luz. El día había sido intenso. Casi dormía cuando escuché que tocaban la puerta. — ¡Qué sucede! — Médico, mi esposa no puede aliviarse. Rumbo a su casa, dijo que había dado a luz a un niño, pero había otro que no podía nacer. Cuando llegué a la vivienda, divisé a la parturienta en el suelo, acostada sobre un tapiz que tejen con la hoja de la palma y que lo nombran petate. La luz de los candiles bañaba de cobre la pieza y la palidez de la señora se hacía robusta. Sobre ella, una manta la arropaba. Sus manos parecían cargar su vientre y gemía con discreción. Al verme, las comadronas se apartaron cuchicheando en su dialecto. Les dije que no se fueran y el esposo se los repitió en totonaco.
El cuarto estaba dividido en dos, por un gran lienzo de manta. En una, dormía la prole; y en la otra, su mamá daría a luz un nuevo hermanito. Las cosas habían cambiado y ellos no imaginaban que el ser que siempre les había protegido, pedía ayuda. En las viviendas puede que no haya sillas, trasteros o camas, pero nunca falta una mesa fuerte y amplia donde sitúan las imágenes de Jesús, la virgen María o nuestra señora de Guadalupe. Todos los días, encienden una veladora y es una forma de pedimento. También, están las fotos de los que se han ido y la luz, es una manera de decirles que están presentes.
Me incliné aluzando con una lámpara de mano. El cansancio reflejado en su cara, dibujaba con exactitud que la fuerza que le quedaba era muy breve. Contraía los músculos de las mejillas y de la frente, cada vez que el dolor trituraba su abdomen. Al tocar la piel de su cara, resbaló por mis yemas un sudor frío. Le pedí a las señoras que sostuvieran las piernas para hacerle un tacto y darme cuenta de lo que había dentro. Se me vino a la cabeza, la vez que hice el primero y escuché la voz del maestro que me preguntó: “¿qué siente?”, y contesté con voz abochornada: blandito y calientito.
Hoy, en esta madrugada, sólo estaban las comadronas, las imágenes, la luz de las velas y una mujer atrapada. Los especialistas, los quirófanos estaban muy lejos. Me calcé el guante de látex, lo bañé de agua para quitarle los restos de talco e introduje mis dedos, a lo lejos la voz del maestro: -Recuerden las erres: si es redonda, regular y resistente, el chamaco viene de cabeza. Si es redonda y blanda, viene de nalgas; si no encuentran nada de eso, busquen los pies, los brazos del producto y, después, las manos y traten de saludarlo. Si su mano encaja bien en la de ustedes, entonces, tendrán una idea de cómo está situado el niño en el útero.
No había dudas, el bebé estaba atravesado ySigue leyendo «Un paseo por la montaña Los partos»

Un paseo por la montaña. El ciclo doloroso

LAS VÍBORAS

La tarde, todavía, giraba señales: bandadas de pájaros peleando por las mejores ramas, el café tostándose en los comales de barro. Bajo las puertas, asomaba la luz desteñida de los quinqués; y entre la hierba de los patios, salían los gruñidos de los cerdos y de las calles, el griterío de los chamacos que retozaban de una calle a otra.

Esa noche, prendí las lámparas y saqué de mi cajón las barajas de naipes. Loño vendría y jugaríamos una partida para ir matando las horas. En lo mejor, su grito me sobresaltó.
— ¡Súbase a la silla médico! Acaba de entrar una víbora.
Hizo la silla a un lado, desenfundó el machete y fue tras ella. Instantes después, la culebra se movía sin cabeza.
—No está muy grande, pero su mordida puede mandar al panteón a cualquier cristiano. Por precaución, médico, antes de dormir abra bien los ojos, no sea que por allí esté la otra.
Después, seguimos la partida de naipes.

Ha pasado mucho tiempo y aún recuerdo -con claridad- lo que pasó desde el momento en que la víbora entró hasta veinticuatro horas después. Sigue leyendo «Un paseo por la montaña. El ciclo doloroso»

Canto a la lluvia

LLEGARON LAS AGUAS
 
Llegaron las aguas.
En la mañana…
aún con el sol, anunciaron su llegada.
Fue un trueno tumbador que erizó las antenas de las hormigas.
El sol se hizo ralo, como  las gentes que al despedirse, se acomodan el sombrero  metiendo por debajo su mechón oscuro.
Llegaron las aguas con su cohorte de espumas y, damiselas  para confeccionarle al cielo, una capa de grises, centellas y lúgubres azules.
Aaahhh…
mi corazón vende un septiembre y yo salgo disparado a quitarme las ropas, porque llegaron las aguas…
 
 
 LA LLUVIA, LA DANZA Y OTRAS COSAS
 Llueve.
Una cortina cubre el horizonte.
El viento corre,
las gallinas corren,
las señoras también
y la ropa vuela en los tendederos.
Gotas gruesas, sólidas, pesadas, tamborilean en las láminas de zinc.
Al golpear fraguan un ritmo de sabanas prehistóricas.
El cielo tiene la oscuridad del sexo.
Las chachalacas gritan,
y  van de árbol en árbol buscando cobijo.
Yo sigo sentado en la poltrona.
Me gusta el relajo que arma la lluvia.
Desatiendo los gritos de las gallinas y de las viejas
Y solo me concentro en la danza de las gotas.
Imagino bailar pintado de sombras y calizas entre un grupo de negras que quieren devorarme.
En este momento exudo calor y tengo  un macho cabrío que afila las pezuñas en las vetas de la roca.
¡Qué lejos se oyen los gritos de las viejas,
de los guajolotes y chachalacas!
Con los ojos entrecerrados  sigo meciéndome,  mientras la lluvia me tira sus cubetas de agua y la danza del vigor me estremece.
CAMBIANDO CON LA LLUVIA
La lluvia es una ventana de estrellas que recibes si levantas la cara.
Corres por desiertos y laderas de nieve y la sientes pulsar como un latido de fuego.
Yo me he sentido tejado y cuando sorprende, mi piel  florea  diminutos corazones que festejan dando vueltas y vueltas.
Me he sentido limonero y al humedecerme exhalo un aroma que enloquece a las abejas.
Me pienso mujer y grito y corro  para sentir el arrebato cuando ella olea por debajo de mi vientre.
Pero al ser hombre busco el tam tam que hacen los  pechos al correr y,  al encontrar tu sexo de nube oscura, bailo contorsionando mis caderas y grito,  al presentir el rocío que brota  con la tormenta.
 CULEBRA DE AGUA
Escucho en noches de tormenta, las gotas insistentes sobre el techo de la casa. El ruido monótono picoteando el pecho de las hojas y ese roer roer como ratón voluntarioso que lima el corazón almidonado de la madera.
Y después de un reposo, sobresale un ruido desgarrador y la repetición de claros que flachean mi ventana.
Me pisa el alma, cuando después del lamento,  se oye el estrépito de un gran cuerpo que cae. Es una rama cargada de mangos niños que ruedan sin vida sobre la arcilla. Se rompió la rama:
hizo crick
hizo crak
y los habitantes de mi patio: el loro, el perro y las ardillas gritan.
Mientras  el gato ronronea entre las piernas  de Carlos.
 
 La lluvia
Empieza a llover,
la tierra aleteada por las gallinas, esparce aromas.
Huele a pan milenario
y lo mismo que percibo,lo arroparon en su alma, viejos abuelos.
El olor
me hace cosquillas
en alguna parte de mi pensamiento.
Saber que mi padre llenó su corazón de tierra mojada,
o que a millones de kilómetros, alguien lo hace,
y que está escribiendo,  cómo yo lo hago.
Escribirá que el olor abre el apetito del alma,
o agradecerá a la lluvia que su mal humor
se haya esparcido entre los trigales de alguna estepa.
No sé, la lluvia me hace niño y abuelo el corazón,
por eso me inclino a besar el agua que moja el pan del alma.
SORPRESA
Mamá trastea y hace chirriar la lumbre y en los tejados brincan  olores de café. Es una mañana fibrosa.
La lluvia ha pospuesto su visita.
A pesar de los pronósticos de la radio, del clérigo que ha sacado a pasear a los santos
y , del brujo que reza en vieja lengua.
Sueñan los sapos  bajo tierra  con la lluvia. El rio rueda con sus calzones de piedra  y el cielo es una copa azulada con soles en floración.No hay nubes y las lagartijas bostezan  bajo las rocas. No hay nubes. Sólo remolinos de sol.  No hay nubes; sólo un maíz cabizbajo
Pero de la noche a la mañana: el día abre encharcado de corriente:
Los sapos dejan de soñar  y el maíz  huapangea con el  viento.
En la noche, sin que nadie lo predijese, en ausencia de los santos,  en el silencio de las lenguas. El agua llegó despertando los tambores dormidos del tejado.
LLueve.
La gente frota las manos y por encima de los cerros en lenta procesión pasan las nubes disfrazadas de ardillas.
Llueve finito.
Los carros tiritan de frío
y en cada esquina las sombrillas platican con antiguas comadres.
Entre los huecos de viejos edificios, las palomas aletean los vapores del clima.
Finos piquetes, húmedos, brincan complacientes por mi cara, se reunen en gotas y me recorren, resbalan por mi cuello, unas se dispersan sobre los vellos de mi pecho y otras saltan por mis escápulas.
Sonrío.
Silbo caminando bajo la lluvia.
Disfruto.
Es un día diferente y abro mi camisa para que mi corazón hipertenso retoce con el agua.

Un paseo por la montaña VII

CAPÍTULO VII. ESCUELA Y MENTORES
Un médico tiene que vincularse con los maestros. Ellos se convierten en luces para la población marginada; batallan por la falta de recursos. Primero, instruyen a los niños indígenas en el español para después enseñarles a leer y escribir. Luchan contra la desnutrición, la pobreza, y la necedad de algunos padres.

Conocí a un maestro que era víctima del alcoholismo. En la mañana, enseñaba y, en la tarde, ingería hasta perderse. Conocí, también, a Santos, que tenía deseos de que en el pueblo existiese secundaria. Cuando me dio la noticia de que habían aprobado la propuesta, se lo aplaudí, así, cuando me invitó a dar clases de biología, lo acepté. Revisé a todos los niños de la primaria, impartí pláticas a diferentes grupos y conviví con ellos.

Por ese entonces, me regalaron un puerco grande, pero flaco. Me dediqué a engordarlo, para obsequiarlo al comité pro construcción de la escuela. Para tal cosa, organizamos un baile. Las veces que había asistido, sólo ponían bancas pegadas a la pared donde las muchachas se sentaban. Los varones de pie, haciendo bola y tomando cerveza. Esperaban que el conjunto tocase para sacar a bailar a su dama de preferencia. Cuando el puerco engordó, el día del baile, adornamos la pista con palmeras y hojas de plátano, se consiguieron mesas y manteles. Hubo refresco, cerveza y carnitas. El salón lució como nunca. Los muchachos de la escuela la hicieron de meseros y la fiesta terminó después de la media noche dejando ganancias al comité.

LLEGÓ Y SE FUE

Un maestro nuevo. ¡Por fin llegó! El más contento era el director, que atendía a tres grupos. Los padres de familia habían levantado otra aula, para que el docente recién llegado auxiliase. El maestro venía de la ciudad y fue recibido por su colega, quien le mostró dónde viviría.
—Has llegado oportunamente. En la noche hay baile y habrá muchachas que te querrán conocer.Sigue leyendo «Un paseo por la montaña VII»

El niño y el anciano

Tengo que admitirlo. A mis setenta años, en las noches escucho los horrores de aquel momento. la cortina  se mueve, suspiro y trato de dormir; aunque el presente me propone un final cercano.
Sudoroso y tenso, percibo los latidos desordenados de mi corazón. Con esfuerzo me siento y  voy al baño. Orino sobre la blancura de la taza y el chorro final se queda a medias, pujo hasta que las gotas se reúnen en un flujo fatigado. Camino a tientas hacia la cocina para tomar agua: me calma el ardor y mi panza se vuelve tolerante.
Mi oído es muy perceptivo; la familia ignora lo bien que escucho. Soy un anciano subordinado, que vive gracias a Dios y a las medicinas.
Sin embargo, mis parientes han decidido adelantarme la muerte. Mis bienes, prácticamente ya se los han repartido; no les pertenecen, pero saben que en el futuro los tendrán.
Cuchichean en los pasillos: cómo irán vestidos cuando esté  en el velatorio, qué bocadillos darán y discuten, si me  llevarán a la iglesia antes de darme sepultura.

Sí; ¡tengo deseos de abandonarme a la corriente! No soporto este duelo diario, mas una mano pequeña, dentro de mí, me dice que no.

Y entonces sobreviene el recuerdo de cuando tenía diez años.

Vagaba  por el malecón y me distraía mirando el río. Mi padre en la cantina, mamá en alguna casa lavando ajeno para darnos un pedazo de pan. llevaba las ropas sucias, raídas y los zapatos gastados.

—¡Chamaco, chamaco! Sigue leyendo «El niño y el anciano»

Un paseo por la montaña VI

ALGUNOS PACIENTES Los ahorcados
—Es camino a Chumatlan, no hay pierde, llega hasta la casa de tarro, techo de palma, está bajo dos árboles de Zapote. Usted pregunta por los ahorcados y luego le dicen. — ¿Ahorcados?
— Sí. Dicen que en esos árboles ahorcaban gente.
No fue difícil dar. Reconocí al enfermo: muy delgado, respiraba con dificultad y con fiebres que lo llenaban de sudor por las noches. Tos de meses. Un mal con siglos de historia y que conocemos bien: “Enfermedad de pobres con tratamiento de ricos”, nos decían los maestros. De poco sirven las medicinas, si no hay una buena alimentación. Por más que miraba y miraba, sólo había pobreza. Por fortuna, traía medicinas para el mal, pero habría que insistir que con un mes de tratamiento no bastaba. En aquellos tiempos, se tardaba un año para completar el proceso. ¿Y el alimento, de dónde lo sacarían? En el pueblo, cada semana mataban res y cerdo, dos o tres veces. Gallinas en el patio no se veían. —Come cada tercer día carne de tlacuache. Con eso empezarás a engordar, pero no te olvides que es un año de tratamiento.
Dejé de verlo, y en una ocasión, el día de la plaza, entre tanta gente, una persona joven me enfrentó. — ¿Ya no te acuerdas de mí? Qué difícil, la verdad nunca he sido buen fisonomista y cuando la gente pertenece a una etnia y visten igual, pues mucho menos. — Yo soy el enfermo que fuiste a ver a la salida de Chumatlan. Tengo la casa debajo de los “ahorcados”. — ¿Tú eres..? Mi sorpresa consistía en que éste se veía gordo, luciente, enérgico. — ¿Te sigues tomando las medicinas? —Sí, pero lo que me está curando es la carne de tlacuache que me recomendaste, pero ya me chocó. ¿Puedo comer carne de gallina?
LA GASTRITIS
Había otros pueblos de la sierra que tenían mejores condiciones. Disponían de un centro de salud, luz eléctrica y vías de comunicación. Era el caso del pueblo de Coyutla. Aunque estos poblados están al pie de la sierra cuando el calor aprieta, se siente el pellejo colmado de ardor, pero teniendo luz, un ventilador mitiga el sofoco. Tuve un amigo que hizo su servicio social unos años antes de que yo hiciera el mío. Una noche que compartimos, me hizo la siguiente confesión: -En tres días no hubo luz en el pueblo. El sol rompía y mi cuerpo era una esponja seca. El ventilador parecía meditar. Había terminado la consulta. Pronto, darían las dos de la tarde, y me urgía algo frío. Recordé que el comercio que tenía ese producto era la cervecería de Pancho, pues disponía de un refrigerador de petróleo que aún daba pelea. Pensaba decirle a Filemón que me acompañara, pero en la mañana salió con sus mulas. Así que repasaba, mentalmente, qué amigos podrían estar dispuestos, pero todos estaban en labores. Poco antes de terminar mi horario de consulta, llegó un paciente. Entre el bochorno, el sudor que brotaba de mi testa, le comuniqué, que tenía una gastritis y que debía tomar su medicina con apego al horario; que tuviese cuidado de no ingerir irritantes. Nada de chile, nada de grasa, nada de caña y venga dentro de quince días. Cerré el consultorio y fui a dar de vueltas al centro del pueblito con la esperanza de encontrar a un conocido, pues me desagrada estar en una mesa en silencio, nada como algo frío en la mano y una buena plática. Sin embargo, a esas horas, encontré lagartijas, señoras comprando de última hora, pero ningún amigo. Estaba bajo la sombra de un árbol cuando pasó el enfermo de gastritis. No le dejé decir nada. Le abracé, y pronto charlé como si no le hubiese visto en años. Él me miraba sorprendido, no dando crédito. — Sígueme, aquí hace un calor que no se aguanta— y a empellones le metí a la cantina, ya sentados pedí dos cervezas, venían chorreando de agua helada y le digo ¡Salud! — Yo tengo gastritis, no puedo tomar. — ¿Quién dice que no? — Pues usted. — Yo no me acuerdo. — Me lo dijo hace como una hora. — ¡Qué memoria tengo! ¿Y qué te dije? — Que no podía comer, ni chile ni grasa. — ¡Ah! pero la cerveza no es ni chile, ni grasa. — Pero irrita. — Bueno, irrita, si está muy caliente, la que tenemos está más fría que una muerta. — Digamos entonces… ¡Salud! De dos tragos terminé el contenido y él, temeroso, sorbió un poco, después cerró los párpados y se la empujó de un trago, tomó resuello y me dice: — Médicos como usted, hay pocos. ¡Me caí de madre! Yo no le hacía caso, sólo doblaba mis ojitos para decirle a Pancho que me trajera otras dos.

CUANDO UN RICO SE ENFERMA
Fue en la madrugada. Tocaron a mi puerta. Supe que la esposa de Walo tenía un fuerte dolor. Poco después, iba rumbo a su rancho, adolorido por el golpe que tuve al caer del caballo brioso. Acostumbrado a mi yegua, jalé la rienda sin precaución, y el caballo relinchó. Iba imaginando cómo fue mi caída y la suerte que tuve de no lastimarme, ya que el suelo era rocoso. Me reí, tengo dura la cabeza.
La señora de treinta y tantos años, refería un dolor bajo la costilla del lado derecho de gran intensidad. Descarté inflamación de apéndice y administré analgésicos. Media hora después, el dolor cedió. Cuando su marido me preguntó si le volvería el dolor, le dije que sí. -Requiere estudios y probablemente termine en cirugía.
Horas después, llegó una avioneta. Más tarde, abordaría un avión para que la trasladase a la ciudad de México, a un centro hospitalario de lo mejor en aquel entonces. Poco antes del mes, había regresado, con menos kilos y con una cicatriz en el abdomen. Los ricos de todos lados así se curan, siempre y cuando, la vida les dé oportunidad de llegar al hospital.
El pobre se cura con hierbas y a la buena de Dios, también, si tiene suerte de encontrar pasante y medicina. Porque si no hay medicina, de qué sirve el mejor diagnóstico. Es real decir que el médico deja de ser médico cuando carece del recurso. Se nos olvida que debemos conocer sobre medicinas alternativas y, llevar una buena estrategia educativa para enseñar y promover la salud: con el paciente, con los grupos, en un marco de respeto a su cultura.

Un paseo por la montaña(V)

El consejo de un maestro hacía eco: “si ven a un dentista en el pueblo, quiere decir que hay recurso, pues los servicios de ellos son caros”. Era cierto que en el pueblo no había un odontólogo de forma permanente, pero llegaba uno cada mes que recorría las comunidades de la sierra. El pueblo de Cox estaba en su itinerario. Nunca  lo conocí personalmente, pero sí por las consecuencias de sus tratamientos. Cuando no había muelas que sacar, simplemente, se cambiaba de profesión y le daba por recetar.
—Doctor, va a pasar mi hermano por usted. Mi papá está enfermo.
Arreglé el maletín y, sobre la yegua de nombre Gurrumina, salí a ver al enfermo.

Fueron como dos horas de camino. Setenta y tantos años. Delgado. Lo encontré acostado con aparente buen estado general. Se quejaba de un dolor en el abdomen, del lado derecho, a nivel de la cicatriz umbilical. A veces,  colmaba en la boca del estomago. Dolor de pequeña a mediana intensidad que tenía día y medio de haber iniciado. Él le echaba la culpa de su enfermedad a unos elotes tiernos que había comido por la noche. Lo exploré con toda la atención puesta en el dolor. Recordaba a mi maestro de salud pública: “la muerte campea en los extremos de la vida”. Repetí la toma de la temperatura, tanto axilar como oral, y encontré que estaba por encima de los 37.5 grados, sólo unas décimas. Me tardé en revisarlo, pero al final, deseaba de todo corazón el apoyo de los datos de laboratorio. Allí, no había. Sólo un paisaje de vacas pastando, gallinas correteándose en el patio y guajolotes esponjados.
— A tu papá hay que trasladarlo a un hospital; el dolor que tiene puede ser causado por el apéndice inflamado. RequieroSigue leyendo «Un paseo por la montaña(V)»

Hojas sueltas

Entregado al hastío, pasé noches complicadas, casi enfermizas. Necesitaba un desahogo. En el pasado, lo tuve con tus pláticas que prometieron juntar mejor, las vocales. También, husmeé -en la casa antigua- los connatos de muerte que viví en callejones o entre aguas torrenciales.
Un día, fui al consultorio y entre el hedor del silencio, me nublé cuando vi el cielo de mi cueva  despedazado, el piso parecía un mapa , los azulejos  sin vida  y un aire enrarecido, triste y desesperante.
Mis libros y los obsequios de mi despacho se habían hecho, escandalosamente, autistas. Había llovido la noche anterior y ésta se acomodó en los rincones y reproducían el drama.
Cerré de inmediato. Busqué ayuda. Volví a levantar lo que fue mi cueva, mi espacio de amante. Pasaron meses, pero lo logré.
No, no es para dar consulta, sino para sentarme en el escritorio de vez en cuando, y reconciliarme con algunos paréntesis de felicidad, como la vez que por alguna razón, me encontré -de nuevo- con la poesía que me llegó lejana, viva y enorme.

Un paseo por la montaña. Cap IV

CLASE Y GENTE
CACIQUE VENIDO A MENOS
Don Germán me rentaba la casa que convertí en consultorio. Pagué una mesada exorbitante, según el juicio de la gente. Cara dura, sombrero fino, botas relucientes, cuerpo recio. Sarcástico y rapaz. Un hombre casi de sesenta que fue el número uno en bienes y que había ocupado los principales cargos en el pueblo, destacado ganadero y un jode indios.
El domingo, se mecía en la poltrona y averiguaba quiénes iban o venían; daba la impresión de ser un ojo en feroz vigilia. Si alguien de calzón llevaba un guajolote a vender al mercado, él lo detenía y en dialecto preguntaba el precio. Si no le gustaba el costo, decía “pago lo que pese” y entre esos tratos, el hombre dejaba el animal, lo cambiaba por mercancía de su tienda o, en el peor de los casos, le daba aguardiente y el hombre se iba a su choza dando tumbos, sin guajolote, sin dinero y sin víveres.

—Buen día don Germán —dijo el sargento. —Buen día tenga. ¡Y este caballo retinto, no se lo conocía!

 —Apenitas, lo acabo de comprar. Los ojos escrutaron, le abrió el hocico al equino.

 —Si no es indiscreción sargento, ¿en cuánto se lo dieron?

— ¿Pa cuánto le gusta? —Es más espejo que caballo, cuando mucho vale…

—¡Es la mitad de lo qué pagué!

—Pues se ajusta bien al dicho.

— ¿Cuál dicho? —Mejor pregúntelo. Puede ofenderse. El sargento esbozó una sonrisa, como no dándole importancia al asunto.

—Dígamelo, ¿o acaso no somos amigos?

—Si insiste se lo diré. El dicho dice que detrás de un tonto siempre hay otro.

—No sabía, pero lo tendré en cuenta para que no se olvide.

El sargento espoleó rumbo al centro del pueblo, moviendo la cabeza.

Un cacique venido a menos, pero el genio y la figura persistían. Su visión era que a la vida había que sacarle provecho.

Conmigo no fue diferente. Cuando enfermaba, se atendía en la capital y pagaba generosamente sin rezongar.
—Doctor, inyécteme mañana y noche.

—Claro que sí, don Germán. Durante cinco días, lo hice religiosamente. Una, a las doce del día; y la otra, a media noche.

— ¿Cuánto le debo? —Doscientos pesos

— Doctor, si doña Nila me cobra a cinco pesos la inyección.

— Doña Nila no fue a la universidad. Yo le cobro una consulta diaria por tratarse de mi rentero. Deben ser dos; una de ellas, a media noche. Por supuesto, nunca volvió a llamarme para que lo inyectase. Me desagradaba su manera de ser.
Un día, llegó Celedonio  con un campesino a ofrecerme una yegua. —Es mansa, camina rápido y no es nerviosa. Hice la compra y, después, iba a ver a los pacientes alejados, montado en la yegua, que entendía con el nombre de Gurrumina. Me vio don Germán y de frente dijo:

—Es una yegua vieja y tiene el paso de un “adiós comadrita”. Así, les decían a esas yeguas que eran adiestradas para mujeres. Entendí su fondo, sólo que no le hice caso y seguí de cruza, sin detenerme. Muchos años después, me dijeron que aún vivía. Cien años calculamos. —No puede morir. La gente dice que Dios lo está castigando. Tiene que pagar lo que hizo. Ahora, es el bulto de un hombre, antaño tan temido. ¡Hasta la muerte lo ha dejado solo! —Dijo Celedonio, persignándose.

EL PASEADOR
Gustaba recargarme en la puerta, levantar la mano y sonreír a la gente. Alguno respondía, hablaba de su dolencia y preguntaba de algún remedio untado, pues el tiempo de aguas y frío son un buen caldo para el reuma. Uno de ellos, me contó algo diferente. Vestía de blanco como los de su raza, morral al hombro y con un rostro satisfecho. Empezó a decirme que su casa estaba lejos. Dos horas caminando rápido, que sembraba chile, maíz y que él era dado a viajar y conocer. Pensé que tal vez sería un “volador”. Éstos ejecutan una danza milenaria, conocida en todo el mundo. Suben hasta un pequeño cuadrado que está en el extremo; aproximadamente, a veinte metros de altura; y desde allí, se lanzan dando vueltas sobre el mástil, convertidos en pájaros y van pidiéndole a Dios buenaventura para sus cosechas. Un volador recorre el mundo enseñando su arte. —Desde mi rancho vengo a vender; en otras, a comprar, pero me doy tiempo para ir a la iglesia a rezar por la familia, por el maicito, pero también me digo: ¿y esta casa tan grande, cómo la habrán hecho? ¿Cómo fue que tallaron esta piedra tan dura? ¡Y tantas pinturas del Niño Dios! Esos vidrios, que cuando pasa el sol cambian de color, ¿cómo los hicieron? ¿Y la mano que traza, que pinta, quiénes fueron?, ¿vivirán sus hijos? Luego, veo las casas grandes. Desde algún lugar, fisgoneo que están repletas de muchos muebles y vitrinas. Yo no necesito tanto, si al fin y al cabo no te vas a llevar nada. La casa de Don Germán hasta dos pisos tiene, ¿tendrá mucha familia? El curato, también, es una casa grande, y nada más vive el señor cura; bueno, pero allí guardan todos los papeles de los que han bautizado. Me ha dado por viajar, conozco todos los pueblos, me canso, pero voy a verlos. El pueblo más lejos es Qoetzala, me hice como cinco horas caminando, pero divisé cosas que nunca había visto. ¿Verdad médico que soy un indio bien paseado?

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Teléfono de monedas

Por el camino acaricié la estructura metálica de la moneda de veinte centavos, pasé de prisa por los centros comerciales sin importarme el Santa Claus que se había mudado a los aparadores. Era una noche fría y lluviosa. Me dirigí hacia una de las esquinas del parque y vi la caseta del teléfono. Metí la mano en la bolsa para extraer la moneda y sólo palpé las llaves del departamento. Busqué en todas las bolsas, en las bolsas de las bolsas y la puta moneda no estaba. Regresé pasos atrás y agudicé la mirada. Me reí de mi pendejada. ¿Cómo podría ver un círculo de dos centímetros de diámetro forjado en cobre ya oxidado en una noche de perros? Sofocado de mi interior regresé a la caseta y le di dos golpes con el puño cerrado al rectángulo metálico de la alcancía del aparato y cayeron seis monedas en la buchaca y al descolgar, el teléfono tenía línea.
Recordé que la conocí en un autobús; fue un día feriado en que partí a mi tierra natal a visitar a mis padres y ella a los suyos. Un viaje nocturno de seis horas para mí y para ella de diez. No cejamos de platicar y los pasajeros, nos instaban a guardar silencio, sin embargo continuábamos en voz baja, hasta que el sueño nos venció. Ella ladeó su testa y la apoyó en mi hombro. Yo me dormí viendo a la luna resaltar la oscuridad de su cabello adolescente. Cuando llegué a mi destino le pedí el número de su teléfono. ¡Era lo más fantástico que me había sucedido! El fin de semana, no la pase con mis progenitores, sino con ella y de tanto ver el número telefónico, que lo aprendí de memoria. Cuando abordé el autobús de regreso, miré con ansiedad a los pasajeros, pero el rostro de ella no apareció. Recordé paso a paso nuestra platica y nuestras coincidencias eran asombrosas, gustábamos de caminar al borde la playa, escuchar el rumor de las olas cuando golpeaban en los acantilados, la figura poética del barco en la montaña y los dos repetíamos riendo como niños: García Lorca. El corazón se hizo exigente pidiéndome más; pues solo el pensar de no verla, me contracturaba.
Estaba sudando aún del frío y en mi prisa marqué mal el número, en la segunda vez, estaba ocupada la línea. Sigue leyendo «Teléfono de monedas»

Paseando por la montaña cap III

 Un abrazo y feliz año nuevo

CAPÍTULO III. VECINOS

ZOZOCOLCO

Una mañana, fui a un poblado aledaño. El paso de la yegua resonó en el empedrado dos horas después.  Zozocolco, tan rico en paisaje con su iglesia grandiosa y algunas casas donde la opulencia había dejado pisadas, ahora yacían en el abandono.  La maleza crecía en los jardines y las enredaderas; trepadoras indomables subían por las paredes. En los tejados, como tordos centinelas, se balanceaba uno que otro helecho. Las puertas cerradas, las ventanas con vidrios rotos y la madera quemada y retorcida. Supe que sus dueños se fueron a la ciudad de México, que hicieron riqueza comprando y vendiendo vainilla y que cuando ésta bajó de precio, simplemente, tomaron su capital y emprendieron camino. El campo no da para tener todos los hijos en el ejido y es simple, las tierras no se estiran y para cultivarlas requieren de asistencia técnica y capital. La gente se va, unos porque nacieron para la aventura, pero la mayoría es para no morir de hambre y anhelar una vida mejor.

LA MADRE

El agua fría cayó sobre su espalda, no pudo evitar un resoplo de placer y dolor. Con el baño se fueron los hilachos de un sueño inquieto. La mañana no se desperezaba. El resplandor de la luna le daba trapecios de luz dulce a la recámara de su madre; le dejó un desayuno frugal, la intención de un beso en la frente y un recado.

Contempló el patio y perfiló los árboles. Por un instante, se vio jugando con sus hermanos, mientras su madre daba de comer al cerdo. Se fue. Sólo se llevó la esperanza. Había pasado dos años y la madre seguía puntual con la manutención de la prole, pidiéndole a la virgen Morena por el hijo ausente y llevándole, cada quince días, una veladora al templo.

Golpeaba la ropa con furia, deseando desmenuzar la tristeza, aunque sólo conseguía endurecer el dolor; quería sacarlo del recuerdo más no lo conseguía. Lavaba, a pesar del desaliento, mojando de lloros la manga de su camisa. En la noche, rendida, lo veía en sueños.

Una mañana, al despertar, encontró sobre la rústica mesita –al lado del rosario – su tasa con leche y una nota. Supo que él estaba, que había vuelto cobijado por la oscuridad de la madrugada y fluyeron sus lágrimas, formando un regato por donde corría el dolor de dos años. ¡Sus ruegos no habían sido en vano! El cansancio lloviznó en su interior y la piel se tornó luminosa, como si desde adentro estuviese brillando una luna. El sueño comenzó a abastecerla; tanto, que no pudo abrir los ojos, pero eso ya no le importó.

LOÑO

Loño, mi vecino, trabajaba en la aplicación a las paredes de las casas de un insecticida Sigue leyendo «Paseando por la montaña cap III»

POST DE NAVIDAD Listado de blogeros que han escrito un texto sobre la navidad

¡FELIZ NAVIDAD A TODOS!

Y una oportunidad para conocer nuevos amigos y estrechar lazos.

El año pasado, decidimos, entre unos cuantos colegas blogueros, escribir unos cuentos de Navidad y enlazarlos. La iniciativa nos resultó tan enriquecedora que hemos decidido repetir este año. Iré añadiendo los enlaces de los cuentos conforme vayan saliendo.

http://mercedesmolinero.wordpress.com/2011/12/12/mi-abuela-rosario/

http://apuntodecaramelo.wordpress.com/2011/12/14/con-el-ala-a-sus-cristales/

 Polvo de estrellas, en Navidad. | La Sinfonía de la Vida

http://pipermenta.wordpress.com/La navidad es un cuento

 http://conchahuerta.com/2011/12/16/cuento-de-navidad

http://minicarver.wordpress.com/2011/12/17/regalo-de-navidad/

 Hacia la navidad

Micromios Blog-A tiempo-

Un sueño…, en tiempos de Navidad…Cruz del Sur

Cuento de Navidad de Joaquín Sarabia

Don Sapo y la navidad de Rubén García García

http://transeuntenorte.blogspot.com/2011/12/la-voz-otros-debida-la-navidad.html

http://auniveaudelamer.wordpress.com/2011/12/17/christmas-dreams/

http://elrincondemiriamchepsy.blogspot.com/

http://annefatosme.com/2011/12/14/el-sol-de-liv-cuento-de-navidad/