El vecino incómodo

Tengo un nuevo vecino. Un individuo que martillea sin parar la pared de su casa. Tiene sobre su cabeza un copete rojo y pareciera haber salido de una comunidad de incomprendidos sociales.

Lo veo como entre rendijas, pero intento mirarlo mejor, mas se esconde. Golpea desde el amanecer, y aunque la tarde es vieja, continúa.Sigue leyendo «El vecino incómodo»

LA MARIPOSA FEA

CUENTO FINALISTA
http://www.waece.org/catedra/webcuentos/lamariposafea.htm

Era una mariposa fea. Tenía colores pardos y soltaba una pelusilla gris cada vez que se posaba en una flor. Volaba como si tuviese un ala rota, en tanto las amarillas lo hacían como breves fogatas sobre las olas del mar. Oculta tras un viejo árbol veía con admiración la fuerza interior de las monarcas; a ella le dolía el ala cuando volaba:

reumatismo juvenil, -le había dicho su mamá, -es cosa de familia. Por tal razón, hacía paradas frecuentes y eso molestaba a las flores pues manchaba sus pétalos con su pelusa gris. Esa mariposa tiene mucha caspa, -cuchicheaban entre si. Cuando ella se enteró dejó de hacerlo y se guareció en el viejo cedro.

Tiempo después, las flores se volvieron pálidas y una masacre de arrugas les llegó de improviso. Algunas en silencio padecían la vejez, otras sollozaban al verse ajadas y polvosas.

La mariposa fue hacia ellas y aún así tuvieron fuerza para decirle «llévate tu caspa a otra parte.» Pero una flor infante, le dijo: acomódate a mi lado y cuéntame de la vida,
pues mi aliento se escapa y no conozco el mundo.

Le habló de la montaña, del viento, de la alegría del pájaro y del viejo cedro donde lloraba.

-Sigue contándome, -musitó la niña flor…

Los días siguieron como los caballos que trotan en la pradera, como la gota que rueda por el fruto, llovía pelusa gris sobre la flor. Hasta que un día pidió que la peinara y la mariposa vio que la luz había llegado de nuevo a sus pétalos…
La flor sonrió:

”Quédate conmigo y abrígame. Me has quitado la pena, y me has obsequiado el deseo de mirar las puestas de sol, y escuchar el clarín»

El albañil

albanil El albañil, un tipo regordete, con ojitos de sapo trabajaba con uno de sus hijos para levantar las paredes, luego, como sabía de todo, planeó la toma de agua, la pileta, el baño. Lo recuerdo bien, tan bien que lo veo aplanando el muro, sudado de los pies a la cabeza, ordenándole a su hijo como quería la mezcla, era una máquina trabajando en silencio, con manos de cemento, pero hábiles para dejar el aplanado como la hoja de un cuaderno. El hijo al igual que él trabajaba en silencio siguiendo las indicaciones. El verdadero regocijo para ellos, era a la hora de su descanso. En una ocasión que llegué a las dos de la tarde, lo encontré eligiendo un lugar , decía al hijo compra en la tienda refresco bien frío. La verdad hacía bastante calor. Los saludé y pregunté si no le faltaba material, me dijo que no. Pocos minutos después llegaba su esposa, su hija y un bebe de ocho o diez años. La señora acomodaba un mantel limpio, sobre una mesa improvisada, que él previamente había armado. La mujer de unas vasijas sacaba el alimento y servía en platos partes iguales. A la madre y a la hija les buscaban una silla, los varones en cuclillas. Daba una oración en voz baja y empezaban a comer.
No desea un “taquito” -me dijo. Me acerqué y con respeto tomé una tortilla con chile y frijoles y los acompañé. No me había enterado que esa escena se repetía todos los días a esa hora. Entendí que, como él no podía comer en su casa, la esposa y la hija iban a donde estuviese trabajando y comían juntos como una familia pobre, pero con valores.

Cerca del quirófano

medicosAnexo a los quirófanos se ubican casi siempre los vestidores médicos. Es un lugar privado donde los ayudantes, el anestesiólogo y el cirujano cambian su ropa de diario por el uniforme azul. Para que el médico ingrese a la sala de  cirugía debe de  cubrirse la boca,  el pelo, zapatos y  enfundarse  con pantalón y camisa libre de gérmenes. Obviamente  hay vestidores para mujeres y para varones.

Sitio de enorme tensión, misma que la disipan con pláticas cotidianas, comentarios sobre los acontecimientos del país o bien los rostros quedan en silencio. Todos quitan su ropa de calle y buscan en los estantes la talla   que mejor acomode.

Los que sólo vamos como ayudantes o aprendices, nos limitamos  a observar a los que asumirán  la responsabilidad. Los médicos  tienen conductas variadas. En aquella ocasión el paciente era un niño de cinco  años con un tumor  alojado  en  faringe. El anestesiólogo de piel blanca, ojos de raya cubiertos por espejuelos  y bajo de  estatura. Él  normalmente serio, ahora parecía más. Se cambiaba  sentado en una esquina,  alejado de los demás. Yo no sabía si  era por  bochorno  o por  la dificultad   técnica de la anestesia.  El cirujano otorrino, se la había pasado contando situaciones jocosas que le festejábamos  y se cambiaba de pie  en una esquina contraria a  la  del anestesista. Hubo un momento en que nos quedamos callados,  envueltos  en la dificultad del quehacer que vendría.

El otorrino  bajó los pantalones dejando al descubierto su ropa interior, al mismo tiempo  el  anestesiólogo  sentado en la esquina opuesta hacia lo mismo. Cuando escuchamos del  cirujano  un “ ay ay ay”  amanerado y  reculando hacía donde estaba su compañero   y exclamando  “Ay… ay   qué me vas hacer… qué me vas  a hacer”  hasta que sentó sobre las piernas de su colega.  Rompimos en carcajadas.  Él se puso  de mil colores mientras el otro imitaba movimientos copulatorios y seguía  con la vocecita amanerada “ qué me vas a hacer”, “qué me vas a hacer”  Instantes después se paró y serio le dijo:  «ánimo colega, deje esa cara,   que vamos a salir bien de la cirugía».

Vendaval político

576EED46A47F26DF2E85486CFA3E8EMéxico está imerso en el ventarrón político. Los ciudadanos  acribillados por la propaganda  recibimos la información de todos y todos  están montados sobre las sílabas de la promesa, del yo puedo,  sí votas por mí,  Ahora  si va el cambio,  lo que no pudieron hacer, lo haré yo.  Los Mexicanos   deseamos cosas sencillas: que el sujeto a ser votado no abrige  la capacidad de metamorfosearse.  Que esté ensamblado de una sola pieza,  que del color que se le mire, sea en realidad el reflejo de su prisma. Que comprenda que no necesitamos  llenarnos de oro, pero que él tampoco;   sólo  deseamos enriquecer a nuestro país,  con la  adquisición de una cultura de lo preventivo y de la eficacia.  Hemos esperado candidatos de tal material y  no llegan. Si ha pasado tanto tiempo y sobrevive la espera,  entonces tendremos que inferir que la cuna está podrida.

A mi querido maestro José Negrete Herrera

y1pubNF4luUySgML47lK-DcDL1AOweOwF9wp03VMvBwlAsxnLexmyY1Eo7qvcYKY_AwCuando tomé clases con mi maestro de Anatomía el Dr. José Negrete Herrera, él era una explosión de conocimientos frente al cadáver. Decía: hacemos la incisión, alejamos el tejido graso y aconsejaba: “no usen instrumentos de corte, sólo de disección. Vean, cuento uno, cuento dos y tres y aquí debe de estar el nervio Circunflejo”. Y lo sacaba con la sonda acanalada.”Pintamos a la vena de azul, a la arteria de rojo y al nervio de verde y esto lo llamamos disectocromia. Ande, ande, toquen… el que no toca no siente, el que no siente es como el que no ve y el que no ve, no sabe”. Escribió su libro de anatomía bajo una óptica clínica,” este tipo de anatomía sirve más al médico general, pues relaciona los puntos anatómicos con el quehacer de la clínica” . Además del conocimiento profundo de la anatomía, había en él, un valor mayor, la de ser humano. Un compañero de estudios me confesó “ Vivo solamente con mi madre, y ella empezó con un dolor en su vientre y fiebre, Le hablé al maestro explicándole , y dijo que la llevara a urgencias del hospital Juárez que él, llegaría. Y llegó… diagnosticó una apendicitis y operó de inmediato, pues según supe ésta se había reventado. Mi madre vive por el”.
Estábamos pendientes de sus manos, cuando el tomaba los instrumentos., pues como un mago siempre nos sorprendía. Lo conocí cuando sus condiciones físicas mermaban por las mordidas de la diabetes, pero su pulso se mantuvo firme, su deseo de ofrecer su sapiencia, inmutable y el halo de las personas que aman al hombre y el mundo en que viven: la bondad.
Ha pasado mucho tiempo, sé que te has integrado a la naturaleza, pero tu presencia en muchas conciencias persiste y tu estatura es un edificio sólido que es ejemplo para mi generación y las que vienen.

La esperanza

            cascadas de tlaxcalantongo                           Hace algunos momentos platiqué con mis hijos y hablé  de que mi abuelo llegó del Libano y en su recorrido, pasó por Nueva York, Tampico, Monterrey y luego la ciudad de México, allá por 1910,  en plena Revolución Mexicana – Uno se pregunta,  cómo le hizo, para  franquear  tantos obstáculos, si él del idioma español  no sabía nada.  Mi abuela  tiene otra historia, deseando su familia  protegerla  de los alzados , la mandaron a una localidad  entre  Veracruz y Puebla.   Abraham llegó felizmente a México , contactó con sus paisanos que le tendieron la mano y le dieron mercancia  para vender.  Tomó el tren que hacía la ruta de Tlaxcalaltongo Puebla, y de allí en mulas  iba de pueblo en pueblo, ofreciendo la mercancia hasta que un día se conocieron. Un Libanes y una Austria de Molango Hidalgo.  De la abuela sólo conocí a dos de sus hermanos El Tio Felix que fue revolucionario, y del cual conservo su espada, y  El Tio Espiridión,  que con tezón llegó a tener su rancho y que le permitió  recorrer las principales  ferias de México al lado de  su amada esposa.

Cuando  tuve que irme a hacer mi servicio social en Coxquihui, una de las primeras cosas que pasó,  fue dar  consulta en un cementerio y  certificar sobre el ataúd que la difunta fuese difunta, la seguna vez que lo hice fue con mi tio Espiridión, ibamos en caravana a  sepultar a su esposa, cuando me dijo:

– Rubén  antes de enterrarla, fijate por favor si  ella esta con vida.

Similitudes y diferencias de dos hechos que  coinciden en  la palabra esperanza. En Coxquihui,  bajo el frío, la luz de los cándiles y lámparas  tuve que  identificar que la muerte estuviese  dentro de  aquella niña de quince años que había muerto de parto.  En el entierro  de mi tía,  tuve que destrosarle el corazón a mi tío. diciendole que  en aquel cuerpo ya no había  luz.

Dos momentos dolorosos y que forman  parte de mi vida.

Una mañana en el palacio municipal

Ayer fue un día diferente. Tenía tiempo que no caminaba por el corazón de mi pueblo. Certifiqué que el parque está más remozado y los ambulantes que habían fincado su residencia bajo la frondosidad de los árboles , ya no estaban. Eran como las diez de la mañana y entreverado con el viento se escuchaban algunos cantos de la primavera. Frente al parque está el palacio municipal y a un lado un cedro que seguramente tiene más años que la misma ciudad. allí, en ese lugar desfilaron las grandes orquestas de México » Carlos Campos» , «Acerina y su Danzonera» » Sonora santanera» y tantas que me pareció oir el bullicio de aquellas noches con la canción «telefono a larga distancia» que aún retumba en mis entrañas. Una melodía bella, donde las cornetas se comunican, dialogan, platican cuchichean. Irrumpe la primera, mientras nosotros tomamos a la pareja de la cintura y de entre el público le contesta la segunda corneta haciendo de ese minuto un espacio mágico de sonidos.
Fui a actualizar algunos documentos, y escuché mi nombre. » Qué milagro que lo veo doctor» contesto el saludo, es una muejer de baja estatura y de pelo entre cano. » Mira hijo, este es el doctor que te curo» y me pregunté, ¿de qué lo curaría? , poco después cuando esperaba mi turno, la señora de junto, me habla » Todavía tiene su consultorio» le digo que sí y a boca de jarro le dije ¿ La he atendido a usted? No, a quién atendió fue a un vecino, que me ha dicho que es usted muy bueno. Gracias, le digo. ya para salir cruzo la mirada a lo lejos y veo la plaza , el baile, las muchachas, tenía menos de veinte años y yo sabía que iba a ser médico. «Adios médico» me dice un empleado del ayuntamiento, lo saludé con un giro de la mano y èl sonrió. Caminé despació, pues ya de rodillas tengo un par de sonajas que truenan con cualquier cosa. Me digo:hoy fue un día de suerte, me ha tocado platicar con pacientes que Dios me ha hecho curarlos… Mañana tal vez no sea lo mismo, pues también guardo historias tristes.

Me acosté con la cabeza a un lado de tus pies. Llevé a la boca el dedo gordo de tu píe, lo humedecí; al mismo tiempo acaricié tu pantorrilla.

 

— ¿Sientes cosquillas?
Trataste de retirarlo, lo contuve. me pregunté ¿si alguno de tus amantes te había provocado de ese modo? Levanté tu falda, descubrí tus muslos. Llegué al tobillo, con la lengua lamí y entre más lo hacía tu intención de quitarlo se desvanecía.
—Me place lo que haces. —dijiste.
—Nada malo pensaran si te hago un moretón. —Respondí.
Cerré los ojos ,visioné la escena.
ES EN UNA CALLE. DE MAÑANA 8.10. ELLA CON FALDA PLATICA CON DOS SEÑORAS.
SEÑORA UNO — ¿Y cómo se lastimó?
SEÑORA DOS — Mire que feo se le ve ese moretón en el tobillo.
ELLA — Me golpeé con la esquina de la cama. Me sobé, y puse una compresa fría.
SEÑORA UNO — Con lo que duele el tobillo.
Con mi boca deguste la tersura de tu rodilla.
—¡Súbete! Escuché que decías.
No te hice caso. Mi placer me lo dabas con tu respuesta, me seducía dejarte maculada. Seguí, seguí y hubo gritos, suspiros que se elevaron, otros que despreciaron el cielo para arrinconarse en la sábana.
UNA CALLE ES DE MAÑANA 8.15 ELLA. DOS VECINAS
SEÑORA DOS Levanta la falda ¡Dios no había visto sus rodillas!
SEÑORA UNO—Y fueron las dos, Santo dios, pero una está más lastimada que otra. Hasta parece que le untaron violeta de genciana.
SEÑORA DOS—A una amiga se le hizo así por cumplir una promesa. Llegó de rodillas ante el santo cofre de Atochi.
ELLA— Me dolió mucho, caí de golpe, más apoyada en una rodilla. Ahogué mi dolor mordiendo la manga de la camisa. Me dije, este día no es el mío, pues poco antes me había lastimado el tobillo.
Luego de varias horas en la cabaña, la respuesta a las manchas violetas, está en el quehacer intenso que vivimos.
Una parte fue debido a que mi boca chupaba más, una de tus rodillas, la otra fue cuando en un abrir y cerrar de ojo dijiste:
— ¡Párate!
Te hice caso y quedaste arrodillada frente a mi vientre. Bajaste mi jean, luego el bóxer y mirándome dijiste:
—Siente como recorro con boca y garganta la península de tu cuerpo.
Tu sapiencia fue increíble y cada vez que iniciaba el orgasmo, —te percatabas por mis gemidos— y sin previo aviso apretabas los testículos, el dolor anulaba mis sensaciones y volvías con tu tarea de lactante. ¿Cuánto tiempo pasó? No lo supe. Sólo jugábamos. Alguna vez, recordé haberte dicho que tus caderas eran mi punto débil y comprendí que nunca lo olvidaste y te arrodillaste; tu cabeza se apoyó en la alfombra y levantaste los glúteos.
— Mírame.—Exclamaste.
Me situé detrás. El sudor parecía una fina escarcha sobre el río de tu espalda y deslicé mis manos desde la nuca hasta tus caderas. Besé tus nalgas, las apreté y les di palmadas, pues me seduce verlas enrojecidas. Mi boca daba golpes de tea desde el borde hasta el centro. La palma de mi mano se ajustó entre tu pubis y el esfínter. Sentí el ardor, la humedad, que animaron al medio a introducirse en tu introito, deslizándose en un lúdico dentro y afuera, mientras que mi boca trastornada campeaba en la geografía roja de tus glúteos. Los abrí, alcancé con la mirada tu orificio; con la punta de mi lengua lo humedecí. No esperabas ese ataque, y sobresaltaste, más por tus movimientos involuntarios, quejidos;  deduje tu aceptación. Seguías de rodillas, coloqué entonces la cabeza entre tus piernas y abracé tu cintura; mi boca rodaba de tu pubis hasta tu ano y viceversa. Te grité:
—Mueve la cadera y acércate lo más que puedas a mi boca.
Tus movimientos se hicieron vehementes y el sudor formaba arroyos que caían sobre la alfombra.
—Me quiero venir. —Súbitamente dijiste
Erecté mi lengua y simulé poseer un apéndice. Te abrí y exploré tu canal. Tú me cogías de la nuca. La culminación no fue tan breve y tu cuerpo en espasmos arremetió con violencia. Fue allí cuando insultaste las rodillas; fueron cilindros que iban y venían con fuerza animal planchando la alfombra.
LA ACERA, LA MAÑANA 8.17 ELL, LAS SEÑORAS
SEÑORA UNO AGACHANDOSE — ¡Ay, válgame dios!, pero qué feo se le ven sus rodillas, una más que otra.
SEÑORA DOS AGACHANDOSE—¡Ay, lo que debe de estar sufriendo! ¿Y ya se puso miel?
ELLA.- Sólo me he puesto glicerina y fomentos de agua fría.
Después de tu orgasmo, pensé que te recostarías, pero te dio por volver a las oraciones. Yo me senté en la cama y tú seguías de rodillas, recuerdo que gateaste y volviste a lamer mis compañeros. Tu cara tenía placidez, pero en tus ojos seguía viva la flama. Así que tus caricias orales tenían esa doble emoción, la suavidad de un agradecimiento y el resabio de un ardor ¿Sería la recompensa por tu orgasmo? ¿ o la búsqueda de más intensidad?
Con una seña de mi mano, de mis ojos, te invité a que te subieras a la cama. Pero me diste a entender que me situara detrás de ti y golpeaste tu trasero. Cuando estuve, te fuiste doblando, como un camello lo hace en las arenas del desierto. Tu cabeza descansó en la suavidad de tus brazos y tus pechos en el piso simulaban dos tazas. Curvando el cuello me preguntaste:
— ¿Te gusta como me ves?
Hinqué la mirada en esa línea viva que sale de la nuca y termina debajo de la espalda, luego en la estrechez de tu cintura, que más abajo abre hacia tus caderas: caí arrodillado. Apoyé mis manos en tus flancos y sembré de besos a tu espalda, glúteos y a tu centro. Restregué mi apéndice por la piel de las grupas acaloradas y rojas, y después lo froté en tu isla eréctil, y decías…
—Dale, dale. Hazlo.
Mientras movías como una sierpe tu cuerpo. No te hice caso. Y seguía rodándolo sobre tu triangulo húmedo.
—Dale, dale. Hazlo
Entonces sin decirte nada y abrazándote de la cintura dejé que se fuese dentro, lo hice cuando tu no esperabas y sólo escuché que pujaste y gimoteabas sin parar.
— ¿Te dolió?
Gemiste y entendí que querías que me retirara y lo hice, pero entre jadeos hablaste:
—Ahora córrela lo más dentro que puedas.
Llegó hasta el fondo. De lado veía el bamboleo de los pechos como un eco de nuestro movimiento. Poco a poco abriste los brazos y quedaste boca abajo , pero con tu centro expuesto. El sudor abundante hacía que mi cuerpo resbalase sobre el tuyo y me daba el impulso para recorrer tu canal de principio a fin. Excitado, recuerdo haberte dicho:
— Puedo irme por otro lado…
— ¡Me vale! Ese es el riesgo, pero sigue y quédate inmóvil, deseo que sientas mis latidos y también como te muerdo.
La blancura de tu efigie contrastaba con mi piel morocha. Tu respiración se hacía intensa, jadeabas y aumenté el cadereo. Sobrevino el orgasmo, Tu cuerpo se tensó como resorte y la mitad de los jadeos, gritos se quedaron pegados al suelo, la otra se dispersó entre los vericuetos de la choza; nos dimos un baño, de vuelta a la cama te hiciste bolita y te metiste en mi pecho. Cerramos los ojos. Yo seguí el curso de lo imaginado.
MAÑANA 8.20 ELLA, DOS SEÑORA EN LA CALLE.
SEÑORA UNO. — ¡Ay mi niña como debes de sufrir! Pero un día malo todos tenemos.
SEÑORA DOS. —Ya la llevó su marido con el médico. Sería bueno que le tomaran una radiografía.
ELLA…— Sí. Todos tenemos días malos “yo desearía tener más de esos”. «Mi esposo es tan despistado que ni cuenta se ha dado de mis moretones, tuve que decirle que me caí y sin dar importancia me dijo que fuese a ver al médico, que por eso pagaba el seguro. Me encabroné, que me bajo la falda, y mis pantaletas y le enseñe mis nalgas que aún estaban enrojecidas y arqueando la ceja me recriminó que es por las cremas que me echo. Me fui al baño a llorar, porque si me quedo allí, no sé qué más le hubiese enseñado”.
SEÑORA UNO. — ¿Y qué le dijo el médico?
ELLA — Aún no me dice nada, pues regresará pasado mañana; ya aparté mi cita.
Creo haberme dormido un instante, pues el ovillo que estaba en el hueco de mi pecho desapareció y cuando me di cuenta ya tu boca hacia migas con mi ombligo y tu mano exploraba la geografía de mi pubis. Entonces acaricié la textura de tu pelo, luego escuché tu voz aniñada:
—Me das mi chupón
Lo bésate como quien besa a un oso de peluche.
—Es la entrega más bella que he tenido desde hace mucho tiempo.
Pero él no sabe de eso y volvió a erectarse.
Te subiste y dijiste al oído…
— ¿Te gustaron mis caderas? Debo de tener las nalgas como si me hubiese dado sarampión. Sabes, cada vez que me ponías la palma de tu mano, tenía placer. Era una manera de decirte lo bien que me hacías sentir. Le diré a mi esposo, si es que acaso se da cuenta, que el bronceador me hizo reacción.
Te seguías moviendo, sólo por el deseo de sentirme dentro de ti, sabía que eran actos más de ternura que de sexo, volvías a besarme y decías, eres el primero que me ve el ano en todo esplendor… sólo tú lo conoces. Bueno, ¡ni yo me lo he visto! Pensé que teníamos una especie de sobrecama de forma activa.
— Lo tienes bonito, redondo, apretadito, pues cuando te metí el dedo, casi lo mordías.
Entonces, lo busqué de nuevo y volví a mimarlo
—¿Te gusta? Le pregunté.
—Me gusta. Quiero que me poseas por allí, de esa manera no habrá nada que no sea dado para ti. Mi esposo lo pide, pero no lo merece. Me preparé para dos cosas, una, para no sentir ningún remordimiento y la otra para ser de ti, las veces que me desees y por donde desees.
—Ponte de lado, abrázame, bésame. Me enterneces. Para irte acostumbrando te daré de piquetitos, nada doloroso sino placenteros, pues esta cueva, no tiene nada de diferente, se coge cuando la mujer lo desea y está caliente. Ahora ya no lo estás. Empecé a besarte con ternura.
LA MAÑANA LA CALLE DOS MUJERES RUMBO A LA IGLESIA PLATICAN
SEÑORA UNO— Que feo tiene las rodillas la señora
SEÑORA DOS —Sí, pero ella lo buscó
SEÑORA UNO —Cómo que lo buscó
SEÑORA DOS.— ¿No se dio cuenta?, que si fuesen golpes, ella no podría caminar, o lo haría con mucho dolor, cada vez que doblara las piernas. Además cuando levanté la falda para verle mejor, me di cuenta que había otro moretón en la parte de arriba. Si hubiese sido golpe, el derrame estaría abajo.
SEÑORA UNO.— El marido la ha de amar con mucha pasión.
SEÑORA DOS. —No sea tonta, los maridos tienen fecha de caducidad. Le aseguro que antes de los diez años se les cansa el caballo.
SEÑORA UNO— ¿Y usted cómo sabe tanto?
SEÑORA DOS— La vida, la vida me ha enseñado. «Ah si esta buena mujer me hubiese visto en mis mejores días, seguramente no platicaría nunca conmigo”.
CONSULTORIO MÉDICO TARDE
ENFERMERA— Señora por favor pásele.
Ella entró al consultorio donde la madera, los libros y las artesanías hacen el decorado. Una música de saxo se escucha.
MÉDICO— Señora que gusto verla de nuevo. Siéntese por favor. Dígame ¿En qué puedo serle útil?
ELLA— Doctor vengo a que revise las rodillas.
Él ayuda con esmero y casi la carga para subirla a la mesa de exploración. Ella se apoya en los hombros. Acostada pregunta:
ELLA—Usted cree que sea grave lo que tengo?
MÉDICO— secreteando le susurra al oído- Nada que el tiempo no pueda curar.
y le chupa el lóbulo donde cuelga un arete de madera.

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Heberto Castillo y Coxquihui

 Semblanza política mínima de Heberto Castillo:Apoyó las luchas ferrocarrileras (1959-1960), la de los maestros normalistas (1958), la de los médicos (1965), y por su participación en el movimiento estudiantil de 1968, en el periodo de gobierno de Gustavo Díaz Ordaz después de resistir oculto por más de 6 meses, fue encarcelado en Lecumberri donde permaneció dos años, quedando en libertad en mayo de 1971. Dedicó su vida a la transformación democrática de México. A su salida de la cárcel, promovió la constitución de un partido político nacional que culminó en la creación del Partido Mexicano de los Trabajadores en 1974, que luchó hasta obtener su registro legal con el cual participó en las elecciones federales de 1985 en las cuales fue electo Diputado Federal a la LIII Legislatura. Propuso además la fusión de varios partidos de izquierda para formar el Partido Mexicano Socialista (1987). Fue candidato a la Presidencia de México por el PMS en 1988, en cuyo proceso declinó en favor de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Después de las elecciones de 1988 en el que el PMS participó en el Frente Democrático Nacional al lado del Ing Cuauhtémoc Cárdenas formaron con el registro de éste el Partido de la Revolución Democrática en 1989. Este partido lo postuló para el Senado representando a Veracruz en 1994 pero no terminó su periodo ya que murió en 1997. Sus restos descansan en la Rotonda de las Personas Ilustres.  

           Las tardes de Coxquihui me sabían a silencio. Después de la salida de los escolares la comunidad respiraba quietud, hasta las aves guardaban reposo, el viento se hacía leve y una atmósfera de somnolencia invadía la conciencia. Llegué al pueblo Totonaco por rumores. Había recorrido otros lugares que no fueron de mi agrado y preguntando, alguien me dijo de él. En ese entonces —mil novecientos setenta y uno— para llegar había que recorrer tres horas por terracería y tres más a caballo. La otra manera de llegar era en avioneta que salía de la ciudad de Poza Rica. Sólo eran quince minutos de vuelo y piloteaba el capitán Camacho. Él fue quien me orientó de los poblados de la sierra: Coyutla , Filomeno Mata, El plan, Mecatlán, Coxquihui, Zozocolco, Chumatlán. ¿Por qué escogí Coxquihui?, no lo sé. Pero después de que la avioneta aterrizó en un potrero, que era el «aeropuerto«, caminé cuesta arriba hasta que divisé las casas. En una encrucijada admiré la floración de la buganvilia con verdes y feúchas y detuve la marcha cautivado por el olor de vainilla, de café y de pan recién hecho. Sigue leyendo «Heberto Castillo y Coxquihui»

El faro

Una noche fui luciérnaga
y con mi luz guié a un barco de papel.
La vida complaciente me hizo faro
y por placer desilachaba a la noche.
Un día, los barcos pasaron de largo
y sin luz, la oscuridad encendía las estrellas.
Hoy, no soy candela,
ni faro.
Soy un gigante ciego.
Que escucha el silbido del viento,
y el chapoteo del barco atunero.
La noche es fecunda,
las  luciérnagas:
juegan, ríen, y titilan
en  mi vientre.
Me abrazo y me beso,

Respuesta

Mi soledad
pesa más que el mar.
y el recuerdo tuyo en vez de ofrecerme flores
me asfixiaba.
Me rebelé.
Suspiré hondo
y me acerqué al bullicio de una estación
compré boleto a cualquier parte y abordé.
Mi amnesia sería entonces mi escudo.
Sepultado el recuerdo
esperaría en silencio el prurito de mi cicatriz.

Los buenos propósitos

 Las ideas son pájaros que se van.Los deseos
son construcciones de sueño. Ser sólido
en la medida que germinen mis semillas.

¿Pero qué ejercicio me darán
si  tiempo después miro los  árboles  como reumáticas osamentas,
dónde no abreva un clarín,
y el camino es un eden de ortigas?

Cubriré mi cara
 buscaré un hueco en el peñón
para soñar que pude;
al fin que la vida es un mosaico de buenos propósitos.

 

MI memoria

Todo tiene memoria;
un árbol,
una bacteria,
o la luna que bosteza en tu nuca.

Tengo ansias de poseer una buena memoria,
brillante como set de fotografía.
Alegre como pista de circo.
Una memoria que salte en un triple mortal
Y logre que la compañera diga:
¿Cómo es posible que recuerde el día que me dio el primer beso?

La verdad es que tengo memoria de espuma.
Mis hechos son terrones de sal que la humedad disuelve.
Y tal vez por eso y algo más; amo la palabra.