Los superviejos de Rubén García García

Sendero


—Por favor háblame despacio, que no se escuche.
—Es tan bonito decirte que me gustas toda.
—Que me hables quedo, ¿no has escuchado que las paredes oyen?
—Es que es tan grande mi amor que quisiera gritarlo.
—Ni se te ocurra.
—Esta noche saltaremos en el colchón hasta oír que la madera de la cama cruja.
—No. ¿estás loco?
—¿Te preocupas porque las paredes pueden escuchar?
— Asi es. Me pone de “nervios” que la gente se entere.
— Qué te preocupas, ya nadie nos conoce, la mayor parte, si no es que todos ya están muertos. Y las paredes de esta casa ya no oyen, se han hecho sordas. Despreocúpate y deja escapar tus gemidos, que es miel para mis sentidos.

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