Voces en la lejanía

De un libro inédito de Rubén García García

¡Aguanta! Ya verás que llegando con el médico te compondrás —le dice al hijo.

Portilla está en la cresta de la montaña. El camino es atropellado. Con nitidez se escucha el fierro de la herradura. Golpea y resbala por el limo que cubre las lajas. El cielo oscuro y el viento helado saben del esfuerzo que tiene que hacer ella para no romper en sollozos. Sostiene con el reboso a su hijo; su pecho y vientre forma un nido, donde encaja el pequeño Moisés. Tiene cuatro años, conoce el maíz, el siseo de la víbora y la cereza del café; ahora, sus ojos son estrellas lejanas cubiertas por un párpado dormido. San Juan conoce el camino y guía con precaución a la bestia. Es mansa, pero con facilidad se espanta. Cuando patina tiene que gritarle: —¡Oh, Oh, ¡bestia! — para que vuelva a su paso. No se distrae, sólo atiende al camino. Recuerda que su mujer no le dio más hijos y siente nudos en el pecho. Por el riachuelo, un trueno irrumpe y la madre se persigna.

— ¡Gracias a Dios, casi llegamos! — besa la frente de su hijo, que revienta en fiebre –– te vas a componer ––le dice al oído––: ¡Apúrate, Celedonio, que el niño se desguanza!

El niño es depositado en un catre. La aguja busca una vena, que se oculta en una piel arrugada y seca. ¡Por fin!, un hilillo de sangre, señal de que está dentro. Es crucial embonar la manguera por donde bajará el suero. Con violencia el niño intenta sentarse; los padres le detienen, mientras el médico fija con una cinta adhesiva la aguja. Después, el niño se afloja, pareciera que el aire se escapa por los poros.

¡Mi hijo! —Grita la madre.

El médico alumbra, la boca tiene restos de alimento. Voltea su cara, mete sus manos en la garganta y extrae los pedazos. La boca de él cubre la boca del niño dándole aire. Golpea el corazón y muellea con angustia el tórax. Los instantes caen como la flor que se deshoja. La madre estalla en gritos y balbuceos, gime y sus sollozos ruedan como las cuentas de un rosario que se rompe.

Regresan hacia Portilla. El viento frío trajo la lluvia. El caballo resbala, y en el “¡Oh!, ¡Oh!, ¡Oh!, ¡bestia!”, San Juan se muerde el labio y llora.

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