O dispara usted o disparo yo presenta a Pedro G. Jara con dos minificciones

Compilación de Lilián Elphick

El francotirador
El francotirador se arrastró un par de centímetros y se quedó
quieto. Su cuerpo se confundía con la arena del desierto. Tomó su fusil
Mosin-Nagant y apuntó al blanco ubicado a 120 metros. «Sigilo y
paciencia», murmuró. A través de la mira podía adivinar el latir del
corazón del hombre que se movía constantemente en un ir y venir
febril. «Los dioses están conmigo», murmuró. El blanco se detuvo
alzando los brazos en señal de victoria. El francotirador apuntó con
cuidado al punto vulnerable. Pasó la bala a la recámara. Dejó de
respirar. Su pulso se afirmó en la quietud y jaló del gatillo. La flecha
salió rauda en dirección al talón de Aquiles dando en el blanco. Paris,
envuelto por una densa neblina propiciada por Afrodita, regresó raudo
a la protección de los muros de Troya.

El último fumador de la aldea

Era el último fumador de la aldea. Y lo detestaban. El hombre
fumaba fuera del límite del poblado, bajo un árbol. Luego regresaba a
sus asuntos. Aun así la gente de la aldea lo detestaba. Cierta tarde una
turba se dirigió en dirección al árbol: con improperios y los brazos
abiertos le cerraron el paso; luego tomaron las piedras y lo lapidaron
pese a los gritos del hombre. Nadie recogió su cuerpo hasta que la
carne, polvo; los huesos, cal; y el último fumador de la aldea, olvido.

Pe d r o G u i l l e r m o Ja r a .

V i ve e n l a c i u d a d d e
Valdivia desde 1973. Es director, editor y periodista de la revista de
120olsillo Caballo de Proa. Sus últimas publicaciones son: El Korto Cirkuito
(Afiche-literario) (2008); Tres disparos sobre Valdivia, de Peter William
O’Hara (2009); La bala que acaricia el corazón (2010); Kasaka, (libroobjeto, 2011); Patagonia Blues (2013) y Telegrama (2016).

La nave de los locos: PEDRO GUILLERMO JARA
LÁGRIMAS PASAJERAS
….
Mi compañera de viaje duerme acomodada en el asiento del bus. No la conozco y de vez en cuando observo a hurtadillas su perfil, sus manos entrelazadas, su piel blanca, su cabello largo y castaño. Creo escuchar su respiración acompasada. Es hermosa, no sé su nombre y no conozco su destino. Observo el paisaje que se desplaza esta mañana de otoño. En un prado un álamo con sus hojas oro-viejo resplandece con furia.
De pronto una lágrima comienza a rodar por la mejilla de mi compañera de viaje: se desliza con lentitud en búsqueda de las concavidades y pliegues del rostro hasta desaparecer en el mentón. Luego aparece otra lágrima. Tomo mi pañuelo y las enjugo. Ella no se da cuenta porque continúa dormida y soñando. No sé si son lágrimas de pena, de despedida, de separación, de ruptura. Mientras tanto sus lágrimas ruedan y se cobijan en mi pañuelo. Mi compañera de viaje llega a su destino, desciende. La observo desde la ventanilla. Habla por celular.
El bus parte.
El asiento está vacío.
El álamo resplandece.
Duermo.

 

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