Sobre el tejado del portón, se ha desparramado “la copa de oro”.Se enjuta si el sol de agosto achicharra sus retoños. Cuando la luna emerge, ella mitiga sus ardores y crece. Sobre su cielo armaron una espiral de púas, con el deseo de impedir que los mañosos penetren a la residencia. Ella, que tiene miles de manos y maneras, cubre con sus hojas la cerca de alambre.  Días de verano lastiman su tejido, pero las noches alunadas la robustecen. Al tiempo, cubrió el metal y el sol de septiembre la ve erguida, fogosa de flores de un amarillo rabioso, con hojas verde limón.

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