Biografía

Rubem Fonseca (Juiz de Fora, Minas Gerais, 11 de mayo de 1925) es un escritor y guionista de cine brasileño. Estudió Derecho y se especializó en Derecho Penal. A pesar de su amplio reconocimiento como escritor, no fue hasta los 38 años de edad que decidió dedicarse de lleno a la literatura. Antes de ser escritor de tiempo completo, ejerció varias actividades, entre ellas la de abogado litigante. En 2003, ganó el Premio Camões, el más prestigiado galardón literario para la lengua portuguesa, una especie de Nobel para escritores lusos, en 2004 recibió el Premio Konex Mercosur a las Letras, y en 2012 el Premio Iberoamericano de Narrativa “Manuel Rojas”.

En 31 de diciembre de 1952 inició su carrera en la policía, como comisario en el 16º Distrito Policial, en São Cristóvão, en Río de Janeiro. Muchos de los hechos vividos en aquella época y de sus compañeros de trabajo están inmortalizados en sus libros.3 Alumno brillante de la Escuela de Policía, no demostraba, entonces, propensiones literarias. Pasó poco tiempo en las calles. La mayor parte del tiempo en que trabajó, hasta ser exonerado el 6 de febrero de 1958, fue un policía de oficina. Cuidaba del servicio de relaciones públicas de la policía.
En junio de 1954 recibió una beca para estudiar y después dar clases sobre ese tema en la Fundación Getúlio Vargas, en Río de Janeiro. En la Escuela de Policía se destacó en psicología. Los contemporáneos de Rubem Fonseca dicen que, en aquella época, los policías eran más jueces de paz, separadores de pelea, que autoridades. Rubem veía, debajo de las definiciones legales, las tragedias humanas y conseguía resolverlas. En ese aspecto, afirman, él era admirable. Fue elegido, entre septiembre de 1953 y marzo de 1954, junto con otros nueve policías cariocas para especializarse en Estados Unidos. Aprovechó la oportunidad para estudiar Administración de Empresas en Boston y en Nueva York. Más adelante, mientras litigaba a favor de hombres que caían injustamente en manos de la justicia -por lo general negros-, Fonseca intentó conseguir un puesto como juez. Fue durante esta etapa en la que pudo observar de cerca la corrupción y la violencia, tanto entre ciudadanos como la del Estado hacia éstos. La oportunidad de observar esto sería crucial para el desarrollo de su estilo narrativo.
Es conocido por ser una persona recluida que adora el anonimato y se rehúsa a dar entrevistas, como Dalton Trevisan y como Thomas Pynchon, que es su amigo personal. Aun así es descrito por sus amigos como persona sencilla, afable y de óptimo humor. Tello Garrido nos narra un comentario que le hizo Fonseca durante una visita a México sobre los motivos que lo llevan a mantenerse al margen de los reflectores literarios:
Al parecer Rubem Fonseca prefiere pensar que un escritor puede decir todo lo que a él le parezca importante, independientemente de lo que los lectores puedan opinar al respecto, pero siempre a través de sus obras y no como personaje público que dicta sentencias en cuanto tiene un micrófono enfrente. Él mismo me comentó después que John Updike le había dicho alguna vez que la fama es como una máscara que los hombres suelen ponerse, y que resulta peligrosa porque devora el rostro original, le impone gestos, niega la identidad de quien se la ha echado encima.

Las obras de Rubem Fonseca generalmente retratan, en estilo seco, áspero y directo, la lujuria sexual y la violencia humana, en un mundo donde marginales, asesinos, prostitutas, delegados y pobres se mezclan. Fonseca dice que un escritor debe tener el coraje para mostrar lo que la mayoría de la gente teme decir. La historia a través de la ficción es también una marca de Rubem Fonseca, como en las novelas Agosto (su libro más famoso) en la que retrata las conspiraciones que resultaron en el suicidio de Getúlio Vargas, y en El Salvaje de la Ópera en la que narra la vida de Carlos Gomes, o aún sobre la obra La Caballería roja, libro de Isaac Babel retratado en Vastas Emociones y Pensamientos Imperfectos. Casi todos los autores brasileños contemporáneos reconocen la importancia de Fonseca, y algunos de la nueva generación, tales como Patrícia Melo o Luis Ruffato, dicen que es una gran influencia.

Creó, para protagonizar algunos de sus cuentos y novelas, un personaje antológico: el abogado Mandrake, mujeriego, cínico y amoral, además de profundo conocedor del submundo carioca. Mandrake fue transformado en serie para la cadena de televisión HBO, con guiones de José Henrique Fonseca, hijo de Rubem, y el actor Marcos Palmeira en el papel protagonista.
Dado que le interesa profundamente el arte cinematográfico, escribe también guiones para filmes, muchos de ellos premiados.
Es viudo y tiene tres hijos.
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Los relatos de Rubem Fonseca no dejan indiferente. Si en su obra maestra “El cobrador” es la furia del pobre, aquí son dos personajes aparentemente desvitalizados y sin embargo llenos de vida

En mi caso, me despierta el ruido causado por el movimiento de gases en los intestinos, pero hay gente que no advierte esa señal prodrómica – mi mujer dice que eso no es una enfermedad, y no siendo una enfermedad no tiene elementos precursores, como el aviso que recibe un epiléptico momentos antes de que se desencadene el ataque, como ocurría con nuestro hijo, Dios le tenga en la gloria, pero mi mujer se empeña en llevarme la contraria en todo lo que digo, en hostilizarme constantemente, ese es el pasatiempo de su vida -, pero decía yo que mi flatulencia se anuncia con esos ruidos de los gases desplazándose en el abdomen, y eso me permite, casi siempre, una retirada estratégica para ir a expeler los gases lejos de los oídos y narices de los otros.

Por otra parte, prefiero hacer eso aislado, pues los gases, al ser expulsados, me proporcionan un gran placer que se manifiesta en mi rostro, eso lo sé, pues la mayor parte de las veces los libero en el baño, el mejor lugar para hacerlo, y puedo ver en mi rostro, reflejado en el espejo, una placentera expresión de alivio, el deleite provocado por esa esencia odorífera, y también cierta euforia cuando resultan muy ruidosos. Y, siendo en un ámbito cerrado, tengo otra emoción, tal vez más placentera, que es la de gozar con exclusividad de ese peculiar olor. Sí, sé que para la mayoría de la gente – desde luego, no para quien la soltó – el aroma de la flatulencia ajena es ofensiva y repugnante. Mi mujer, por ejemplo, cuando estamos en la cama y oye el barullo de mis intestinos, me grita, lárgate de aquí y vete a pedorrear lejos de mí, asqueroso. Salgo de la cama a la carrera y voy al cuarto de baño. En esas ocasiones, como he dicho ya, prefiero estar solo, y tras soltar los gases con la puerta cerrada, cuando ni siquiera he acabado de gozar la satisfacción que aquello me propicia, grita ella desde el cuarto, Dios santo, hasta aquí llega el hedor de ese pedorro, es que estas podrido, realmente.

El olor no es tan fuerte, a mi hasta me gustaría que fuese más intenso, pues me daría aún más placer, pero a veces es tan suave que tengo que inclinarme y olfatear con las narices casi pegadas a la barriga para sentir el aroma desprendido de la ventosidad; pero, incluso así, en esos días, ella grita insultos desde el dormitorio, como si un olor tan suave pudiera hacer un recorrido tan largo sin desvanecerse por el camino. Otro día, en la cena, por otra parte eso ocurre casi todos los días, al repetir el plato de judías, ella me dijo, come más, llena las tripas, así soltarás más fuertes los pedos, pero lo mismo dice si repito las judías al mediodía, soy flaco y no consigo dejar de ser flaco coma lo que coma, ella es gorda, y no deja de ser gorda, pues vive a base de pastelillos, pudines de leche y mouse de chocolate, pero si soy yo el que repite el pudin o la mouse, me dice, te vas a pasar la noche soltando unos pedos de caballo, y por si fuera poco, me echa la culpa de su gordura, que es muy desgraciada y que come para compensar las frustraciones que le provoco, y tiene razón, pues no consigo cumplir mis obligaciones de marido por más que lo intento, y la verdad es que ya ni lo intento.

Podría irme de casa, pedir el divorcio, pero recuerdo lo que ella sufrió durante la enfermedad de nuestro hijo, creo que jamás hubo en el mundo madre más entregada, y empezó a engordar después de que se murió nuestro hijo, y a veces la sorprendo llorando con el retrato del hijo en la mano, no debo abandonarla en esta situación, no puedo ser tan desalmado y egoísta, y aún más porque, siendo como soy, delgado y elegante, podría encontrar otra mujer, pero ella nunca iba a poder encontrar otro hombre, y la soledad aumentaría aún más su sufrimiento, y ella al fin y al cabo es una buena mujer, no merece esto.

Estamos acostados, ella de espaldas a mi, pensé que estaba durmiendo, pero mis intestinos empezaron a gemir a borbotones y ella, sin volverse, gritó, Dios santo, que vida la mía, vete a soltar tus pedos al cuarto de baño, y yo fui, e hice lo que me mandó y contemplé en el espejo la felicidad que el estampido y el intenso olor grababan en mi rostro.