“Sí buscáis los máximos elogios, moríos”

Atacado en vida por su fina ironía, sus palabras no siempre eran bien entendidas. Sin embargo, su epitafio no puede derrochar más verdad.

Minibiografía

Enrique Jardiel Poncela fue un escritor y dramaturgo español que nació en Madrid el 15 de octubre de 1901 y falleció en la misma ciudad el 18 de febrero de 1952. Relacionado habitualmente con el teatro del absurdo, su obra, novedosa para su época, fue ampliamente criticada, y tuve varios percances con la censura franquista. Sin embargo, a día de hoy se ha reconocido su enorme valor como literato y escritor de obras de teatro.

Fragmento

No somos viejos, porque tenemos treinta años, pero… tampoco
somos jóvenes.
Con el pelo negro —y hasta un poco ondulado, ¡ qué caramba!,
todo hay que decirlo — con la frente tersa, con los músculos bien
dispuestos y los nervios excelentemente templados… uno no es
joven ya. Y al mirar alrededor, hacia las juventudes pretéritas y hacia
las juventudes actuales, uno ve claro que ni siente y piensa como
aquéllas, ni siente y piensa como éstas.
En Religión, aquellas juventudes pasadas hicieron de Dios un personaje imprescindible.
Las juventudes actuales no se acuerdan de Dios para nada.
Y uno se acuerda de Él de vez en cuando.
En política las juventudes pasadas se lanzaban briosamente a la
lucha por la libertad.
Las de ahora corren a combatir por la igualdad y por la fraternidad.
Y uno —que tiene siempre presente el espectáculo del Universo—
al oír hablar de igualdad, de libertad y de fraternidad, vomita.
Patrióticamente, aquellas juventudes desaparecidas poseyeron un
riego entusiasmo que las empujó a guerras horribles, al grito de “¡Adelante por la victoria!”
Las juventudes de hoy, con la otra ceguera de la solidaridad universal, no quieren pelear y proclaman: “Hay que suprimir las guerras,
que son una bestialidad inútil”.
Y uno —ni guerrero ni pacifista— piensa, con la seguridad de ser
el único que acierte: “Las guerras son una ley, como la gravedad o la
atracción de las masas, y habrá guerras siempre, mientras el Mundo
sea Mundo.
En Amor, aquellas juventudes crearon el romanticismo y sé suicidaron de un pistoletazo ante el daguerrotipo de una dama cualquiera,
tenida por pura y excepcional.
.Las juventudes actuales sustituyen el romanticismo con el deporte,
y son indiferentes.
Y uno piensa que suicidarse por una mujer no está mal cuando esa
mujer merece la pena; pero deja transcurrir la vida sin descubrir entre
las mujeres conocidas la mujer merece la pena de suicidarse.
Ante el matrimonio, las juventudes pasadas adoptaron una actitud de
sometimiento y se casaron enamoradas.
Las juventudes presentes se casan también, pero sin saber bien ú
están enamoradas o no.
Yuno retrocede siempre ante el matrimonio, como un caballo
queviese cruzada en el camino una culebra.
Yen lo Divino…
En lo divino, las juventudes pretéritas tenían fe y creían. Las
juventudes actuales no tienen fe ni creen.
Y uno cree… y no tiene fe.

Gardiel Poncela