Corría por una vereda que no conocía. La tierra suelta recién raspada. Cerca el ganado pastaba y de lejos venía un gruñido que se hacía intenso. Después de traspasar la loma vi que se trataba de un Bulldozer. Cuando me acerqué a la máquina, ésta detuvo su marcha y quedamos en silencio. Le dije mi nombre.
—Soy Rubén.
—Soy Clotilde. —El nombre saltó como un chapulín en mi memoria.
—¿Eres del pueblo de Contreras?
—De Allá mero.
—¿Fuiste agente municipal en tu comunidad?
—Hace diez años tuve el honor.
—Entonces tu esposa es doña Lorenza que es auxiliar médico.
—Pues cómo me conoce tanto, yo por mas memoria que hago no me acuerdo.
Platicábamos en el campo a kilómetros del conglomerado urbano. Él montado en el asiento del Bulldozer y yo en short, con tenis y sudado de pies a cabeza. Las voces podrían haberse escuchado con claridad en aquel espacio. El sol empezaba a ponerse bravo y los animales buscaban la sombra de los mangos, dispersos en el potrero.
—No me reconoces porque ya han pasado cerca de diez años que nos vimos, Imagínate estuvimos en la misma mesa y esa vez tu señora había hecho un mole de guajolote con tortillas recién hechas. Se había bajado de la máquina y se acercó a saludarme.
—¿Pues quien es usted?  —se rascaba la cabeza, hasta que se hizo la luz en su memoria. — Ya recuerdo usted es el médico responsable de la salud y esa vez fue para darle medicinas a mi esposa.
—Así es Clotilde, pero dime, si no es cierto el dicho que dice que más vale llegar a tiempo que ser invitado.
Nos despedimos con un abrazo en un paisaje verde, ausente de brisa y saturada de silencio y soledad.

Buldozzier