La descubrió en el metro. En la línea 10 para ser preciso, cuando iba camino de ningún lugar. Ella, sin saberlo, le indicó el destino.
Era la mujer más hermosa que había contemplado jamás. Su cuerpo aparecía delicado, etéreo; apenas delineado por el contorno de su piel. Pálida, casi transparente. Hasta su nariz le llegó el dulce aroma que despedía su alma.
La escena parecía calcada del cuadro que venía soñando desde hacía una eternidad de insomnios. Se estremeció.
Tuvo cuatro estaciones para desearla. A través de los audífonos de su mp3, el *Urlicht* de Mahler se reproducía como la mejor banda sonora para tan célica epifanía.
«Es imposible criatura tan bella. No puede existir tal perfección», musitó en voz baja.
Y no se equivocó. Con gran disgusto, al bajar la mirada, observó sus zapatos. Eran de confección barata, y con tres puntos de mal gusto. Para su disgusto, el par de manoletinas gastadas delataban unas extremidades gibosas e inversamente desproporcionadas con el resto de su excelsa figura.
Mientras la seguía por los pasillos hacia la salida del suburbano, decidió que los pies serían lo primero que le iba a cortar…
Alejandra Díaz-Ortiz
No hay tres sin dos.Trama Editorial 2014

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